Un día cualquiera de la semana. Una hora cualquiera
del día. El tiempo había dejado de ser algo nítidamente estipulado en su vida,
para pasar a ser algo vago e impreciso. La mitad de los relojes de su estancia
se habían rendido. No querían marcar más marcar las horas. Los conciertos de
los anteriores meses que ofrecían los segunderos y las alarmas habían cedido a
favor de un mutis interrumpido por la brisa que entraba por la ventana,
haciendo mover livianamente la cortina. Sólo se sabe que era verano, y que el
calor volvía a golpear con dureza en la capital.
Verano, esa estación del año en que las personas, en
un alarde de ociosidad, dan a conocer su dicha, subiendo fotos a las redes
sociales con fondos tan ensoñadores como una cala mallorquina o un cielo
víctima del crepúsculo en una playa del norte peninsular, sin hablar de los
tonos bronceados de las pieles, convirtiendo a las personas en una alienación
de la raza caucásica.
Mientras tanto él, ajeno a toda la realidad, incluso
a lo que acaecía en su piso, mataba el tiempo tumbado en la cama, un lecho
insoportable de preocupaciones, de reflexiones, de culpa y remordimiento, de
recuerdos y de nostalgia. Desde ella veía que el reloj blanco le juzgaba impasiblemente,
con sus manecillas hieráticas. Marcaba algo más de las nueve y veinticinco. Se
había quedado estancado en ese momento. También se había acomodado a vivir
recordando el verano del 2012. En realidad, su vida había quedado atrapada en
una infancia en tonos pastel.
Los últimos versos del aria de Puccini le provocaban,
una vez más, cerrar los ojos, sintiendo la vergüenza de volver a llorar, sin
motivo aparente. No era un llanto de emoción ante la audición de una de las
composiciones más delicadas del italiano. Era una expresión de su estado
interior, una manifestación de lo que es, era y sería su vida. Un continuo ritornello a la tristeza. A la
melancolía.
Al arrepentimiento.
¿Qué es lo que había hecho tan mal en el devenir de
su historia? Decisiones mal tomadas, fruto de su falsa madurez, de su
impulsividad, de la falta una concienzuda meditación sobre las consecuencias
inherentes a los caminos que había escogido. Y, aun sabiendo la inutilidad de
quedarse rezagado en los errores del pasado, el propósito de enmienda lo acurrucaba
más y más en el ayer, sin el mínimo interés en construir, desde el hoy, el
mañana.
Lo único que quería construir era un espacio en el
que no existieran las preocupaciones, los temores, la intriga y el dolor. Algo
así como un vórtice.
Sudando, con el pelo graso, y con el alcohol
recorriendo todavía por sus venas, decidió ir a sentir el frescor de un vaso de
agua. Eran las ocho de la tarde de un lunes, un lunes asesinado por la
indiferencia y la pasividad ante lo que para él había sido bautizado como su
bien más preciado un año atrás: la vida.