I just can't escape my thoughts

I just can't escape my thoughts

sábado, 29 de marzo de 2014

No corren tiempos buenos...

No corren tiempos buenos para la economía. No hay más que poner la televisión, coger un periódico, abrir la aplicación del móvil o la tablet para saber que, por muy bien viento en popa vayan los indicadores macroeconómicos, las variables de la calle están sufriendo sus peores días. ¿De qué le sirve a un parado conocer el saldo positivo de una de las empresas de la bolsa de nuestro país, cuando ha de hacer malabares para sobrevivir con un puñado de euros (si es que se los han concedido por piedad)?


Tampoco corren tiempos buenos para la sociedad. Los valores de libertad, igualdad y fraternidad, que hace unos tres siglos fueron una verdadera vanguardia en algunos países occidentales, hoy en día sólo quedan imprimidos en legajos, incapaces de convivir con las personas que conforman la sociedad. ¿Qué quiero expresar ante la ciudadanía mi derecho a reivindicar un puesto de trabajo justo y digno, en el que no me explote un jefe que, día tras día, él va siendo a costa de mi trabajo, un poco más rico gracias a mi trabajo mal remunerado? ¿Qué quiero ser atendido en un sistema sanitario que me dé cobertura en todo aquello que precise? ¿Qué quiero contraer matrimonio con la persona del sexo que más me atraiga? Da igual, tienes que callarte y seguir viviendo. Y las leyes son tan bonitas, tan bien redactadas, tan bien encuadernadas, como nuestra Carta Magna, para que luego se apliquen en concretas ocasiones. Porque ¿acaso los ciudadanos somos iguales ante la ley? ¿Qué es de esa persona a la que desahuciarán en unos pocos días? ¿Qué es de aquel niño que no puede ir a la escuela por no poder su familia costearse el material que requiere para las clases?



Tampoco corren tiempos buenos en su vida. Sus cuatro horas y media de sueño (que no de descanso) diarias se quedan cortas para sus fuertes jornadas de mucho trabajo y poco salario. Y llega cada noche a su casa, hastiado de pasar horas y horas frente a un trabajo prácticamente deshumanizado, y se encierra en su habitación. Se quita la americana, se desanuda la corbata, y se tumba en la cama, cerrando los ojos, oyendo su respiración y moviendo los brazos, como si le buscara, como si acaso le encontrara por suerte o casualidad, cuando sabe que, una noche más, dormirá sólo. Su cama se le quedará grande, e intentará llenarla con los sentimientos que podría dedicar al prójimo. Mirará su móvil, y no tendrá ni una llamada perdida, ni un mensaje de texto interesándose por su estado anímico, por su bajo nivel de fuerzas, deseándole lo mejor para el próximo día.  Dormirá sólo y se levantará sólo. Porque nadie, en esta sociedad, no se sabe si por la crisis de valores o por esos indicadores económicos, quiere comprometerse con nadie. E inmerso en esa crisis económica, en esa crisis de valores de la sociedad, en esa crisis existencial suya, dará un sordo golpe al despertador, se dirigirá a la cocina, encenderá la radio, y comenzará a desayunarse. Siempre sólo, siempre sólo. 

domingo, 23 de marzo de 2014

Insomnio

02:45 horas. Septiembre, noche de insomnio. Ni las infusiones, ni la serena noche estival consiguen amainar la inquietud de sus pensamientos. Sudoroso y desaliñado, decide hacer una inflexión en el transcurso de su vano intento de atrapar el anhelado sueño, que le permite enfrentarse a un nuevo día de su (¿insignificante?) vida. Su cama sólo queda ocupada por él. “Una noche más sólo”, se dice amargamente. Y es que, los fracasos también estaban presentes en su vida sentimental. Primero un pie, luego otro y, ambos en contacto con el templado parquet, le impulsan a dirigirse al baño. Se enjuga la cara del sudor, se peina su caótico pelo (caótico, como su existencia), y decide complementar su bóxer con una camiseta holgada y un short veraniego. Con las gafas puestas, busca por el salón las llaves del coche. Sentía que tenía que hacerlo. El impulso era mucho más fuerte que su razón.
Acomodándose en el asiento, enciende el reproductor, y comienza a escuchar ese concierto para piano y orquesta de un compositor igual de rancio y amargado que él. Arranca el motor, atraviesa la puerta del garaje y, sin un rumbo concreto, comienza a discurrir por esa carretera comarcal angosta, con la esperanza de llevarle a la solución de sus divagaciones. Parcheada, los vaivenes no hacían sino acrecentar su tensión, su disgusto, su ira, su rabia, su dolor. Y es que, cualquier cosa que ocurría alrededor de él suponía la excusa perfecta para malhumorarse. Inatento y apático, cambiaba las marchas: primero tercera, luego cuarta, quinta después. Límite de velocidad permitido: noventa kilómetros hora. Velocidad del contador: ciento veinticinco. Esa era su vida: velocidad, prisas, desasosiego, carreras infructuosas que dejaban huella en un cuerpo endeble y una mente traspasada por lo acaecido en sus últimas semanas.  
“Maldita sea”, se decía una vez más. “Otra vez se han vuelto a reír de mí”. Se lamentaba y auto-inculpaba una y otra vez. “Nunca voy a aprender en esta vida”. Es verdad, nunca aprenderá. Nunca aprenderá lo realmente importante, pues vive ajeno a su realidad. Un mundo en que el compromiso queda reducido a un par de encuentros esporádicos. Una vida en la que era más que cuerpo, tasado por los demás, y su espíritu, el accesorio a desechar. Kilómetro setenta y cinco: giro de volante, y penetración en la vasta llanura. Para el motor, coge el freno de mano vigorosamente, y baja del coche. La brisa intensifica el frescor de sus lágrimas que discurren por su demacrado rostro. Saca de la pitillera un cigarro, se sienta en el capó del coche, y dirige su mirada al cielo estrellado. Se siente más sólo que nunca, como un náufrago que haya perdido todo, pues la esperanza, su fiel compañera, había decidido en días anteriores no seguir con él. Ya no le bastaba el tópico “Sé que vendrán tiempos mejores” o “de ésta se sale”.  Desilusionado, sí. Esa era la palabra que mejor podía describir su estado emocional. Sentía haber recorrido toda una vida, cuando apenas superaba la veintena. Los golpes recibidos en su infancia y adolescencia habían sido intensos, pero los últimos fueron de tal calibre, que quedaba cual púgil esperando en el cuadrilátero que anunciaran su derrota.
“¿Qué me deparará el mañana, que ya es hoy? ¿Acaso tengo ganas de saber qué me guarda el futuro próximo?” Y no sabía que su futuro sería incierto si no se labraba el presente de otra manera. “Respétate, valórate. Da relieve a tus múltiples cualidades y capacidades, y no hagas del rechazo de los demás tu estilo de vida”, se decía. Y, agotado por su maratoniana sesión reflexiva, cayó en un sueño profundo, recostándose sobre el coche, hasta que la vespertina luz del alba comenzó a bañar su moreno rostro.
Metido ya en el coche, deshizo el camino que recorrió no más que un par de horas atrás. Llegó a su apartamento, dejó caer las llaves sobre el taquillón, y recorrió el pasillo con desgana. No esperaba encontrar nadie en su cama, que le hiciera compañía. Y así, comenzó otro día de su existencia: durmiendo, sin querer saber nada del mundo que le rodeaba. Otro fracaso más tenía que apuntarse.