02:45 horas. Septiembre, noche de insomnio. Ni
las infusiones, ni la serena noche estival consiguen amainar la inquietud de
sus pensamientos. Sudoroso y desaliñado, decide hacer una inflexión en el
transcurso de su vano intento de atrapar el anhelado sueño, que le permite
enfrentarse a un nuevo día de su (¿insignificante?) vida. Su cama sólo queda
ocupada por él. “Una noche más sólo”, se dice amargamente. Y es que, los
fracasos también estaban presentes en su vida sentimental. Primero un pie,
luego otro y, ambos en contacto con el templado parquet, le impulsan a
dirigirse al baño. Se enjuga la cara del sudor, se peina su caótico pelo
(caótico, como su existencia), y decide complementar su bóxer con una camiseta
holgada y un short veraniego. Con las gafas puestas, busca por el salón las
llaves del coche. Sentía que tenía que hacerlo. El impulso era mucho más fuerte
que su razón.
Acomodándose en el asiento, enciende el
reproductor, y comienza a escuchar ese concierto para piano y orquesta de un
compositor igual de rancio y amargado que él. Arranca el motor, atraviesa la
puerta del garaje y, sin un rumbo concreto, comienza a discurrir por esa
carretera comarcal angosta, con la esperanza de llevarle a la solución de sus
divagaciones. Parcheada, los vaivenes no hacían sino acrecentar su tensión, su
disgusto, su ira, su rabia, su dolor. Y es que, cualquier cosa que ocurría
alrededor de él suponía la excusa perfecta para malhumorarse. Inatento y
apático, cambiaba las marchas: primero tercera, luego cuarta, quinta después.
Límite de velocidad permitido: noventa kilómetros hora. Velocidad del contador:
ciento veinticinco. Esa era su vida: velocidad, prisas, desasosiego, carreras
infructuosas que dejaban huella en un cuerpo endeble y una mente traspasada por
lo acaecido en sus últimas semanas.
“Maldita sea”, se decía una vez más. “Otra vez
se han vuelto a reír de mí”. Se lamentaba y auto-inculpaba una y otra vez. “Nunca
voy a aprender en esta vida”. Es verdad, nunca aprenderá. Nunca aprenderá lo
realmente importante, pues vive ajeno a su realidad. Un mundo en que el
compromiso queda reducido a un par de encuentros esporádicos. Una vida en la
que era más que cuerpo, tasado por los demás, y su espíritu, el accesorio a
desechar. Kilómetro setenta y cinco: giro de volante, y penetración en la vasta
llanura. Para el motor, coge el freno de mano vigorosamente, y baja del coche.
La brisa intensifica el frescor de sus lágrimas que discurren por su demacrado
rostro. Saca de la pitillera un cigarro, se sienta en el capó del coche, y
dirige su mirada al cielo estrellado. Se siente más sólo que nunca, como un
náufrago que haya perdido todo, pues la esperanza, su fiel compañera, había
decidido en días anteriores no seguir con él. Ya no le bastaba el tópico “Sé
que vendrán tiempos mejores” o “de ésta se sale”. Desilusionado, sí. Esa era la palabra que
mejor podía describir su estado emocional. Sentía haber recorrido toda una
vida, cuando apenas superaba la veintena. Los golpes recibidos en su infancia y
adolescencia habían sido intensos, pero los últimos fueron de tal calibre, que
quedaba cual púgil esperando en el cuadrilátero que anunciaran su derrota.
“¿Qué me deparará el mañana, que ya es hoy? ¿Acaso
tengo ganas de saber qué me guarda el futuro próximo?” Y no sabía que su futuro
sería incierto si no se labraba el presente de otra manera. “Respétate,
valórate. Da relieve a tus múltiples cualidades y capacidades, y no hagas del
rechazo de los demás tu estilo de vida”, se decía. Y, agotado por su
maratoniana sesión reflexiva, cayó en un sueño profundo, recostándose sobre el
coche, hasta que la vespertina luz del alba comenzó a bañar su moreno rostro.
Metido ya en el coche, deshizo el camino que
recorrió no más que un par de horas atrás. Llegó a su apartamento, dejó caer
las llaves sobre el taquillón, y recorrió el pasillo con desgana. No esperaba
encontrar nadie en su cama, que le hiciera compañía. Y así, comenzó otro día de
su existencia: durmiendo, sin querer saber nada del mundo que le rodeaba. Otro
fracaso más tenía que apuntarse.
Me has dejado con una sensación de angustia, y con lágrimas recorriendo mis mejillas... no sé qué poner ni qué decir
ResponderEliminarBravo, eres un gran escritor
Muaaaaaaaaa