¿Qué es nuestra vida sino una serie de preludios a
una canción desconocida, de la cual la primera nota solemne es la que hace
sonar la Muerte?
Alphonse de Lamartine (1790-1869)
La esperanza es la virtud más indispensable inherente a la condición de estar vivo.
Erik Erikson (1902-1994)
Sobremesa de una
tarde fría. Como si de un impulso se tratase, se afanó en la búsqueda de un CD.
Eran muchos los que ocupaban su biblioteca personal desde la adolescencia, mas
no podía ser cualquiera. Tenía que ser ese. Recorrió ávidamente los cantos de los
discos hasta que, por fin lo encontró. Ahí estaba: Franz Liszt “Poemas
Sinfónicos”, de la casa discográfica Deutsche Grammophon. El motivo de reproducir uno de esos poemas era más que conocido
por su estado emocional.
Comienzan las cuerdas a construir,
como meticulosos arquitectos, dos acordes en pizzicato, despertando expectación en el oyente, a pesar de conocer
la obra como si fuera parte de su identidad. A continuación, estas cuerdas
toman un sencillo motivo de tres notas en un puro legato, quedando resuelto por el viento madera con el mismo diseño
melódico. Poco a poco, el diálogo cuerdas-viento madera va crescendo, y siente que recupera la energía perdida por días y días
de fuertes contratiempos. Cierra los ojos, se deja llevar, hasta alcanzar un punto
álgido: la presentación del primer tema: el presente.
Presente. Brillantes metales.
Cuerdas revolucionadas en arpegios ágiles que fluyen con total naturalidad. La
orquesta le invita a un gran acontecimiento: el recorrido de la vida, cómo ésta
se desarrollará a través de las diferentes secciones de la obra.
Sólo quería dejarse llevar por el
continuo fluir de la música. Con la ayuda del diminuendo, anuncio de la siguiente sección, se acomoda en el sofá.
El amor. Infancia y juventud. Las cuerdas insisten en el motivo de tres
notas anteriormente enunciado. Así, la obra no pierde su identidad. Él tampoco
la perdería, a pesar de los múltiples cambios que operaron, tienen lugar y se
desenvolverán a lo largo de su historia.
Abre los ojos, y busca con la mirada
por toda la estancia, de entre todas las fotografías que habitaban el salón,
cual congregación familiar en papel reluciente enmarcada en maderas cuadradas,
tropezando con ella finalmente. Allí estaba. Era él, con tan sólo tres años,
meses antes de ingresar en la escuela. Mientras, de fondo, el devenir de las
cuerdas le empujan a recordar qué fue de su vida en esos años. Un aprendizaje
tras otro: a andar, a hablar, a leer y a
escribir en la escuela… La modulación del tema le recorre toda la piel, y abre
la puerta al recuerdo del cariño y la protección de sus padres y hermano. Fue
un instante. Tres, cuatro, cinco segundos, no más de diez. La orquesta inicia
una transición, que le encauza hacia la pubertad y la adolescencia.
Cambios en la tímbrica, y cambios en
el ritmo, al igual que su cuerpo experimentó, hace algo más de una década.
Cambios físicos y emocionales. Esboza una leve sonrisa cuando recuerda su
primer amor, los consejos de sus amigos ante incertidumbres de una vida, que no
había hecho más que empezar. Sin embrago, el cambio tonal sensible le recordó
la necesidad de estar siempre pendiente del entorno: si éste es favorable, las
fluctuaciones emocionales propias de la adolescencia no llevarán a alteraciones
que puedan repercutir en el futuro. Y es que la música, al igual que la
psicología, siempre ha pretendido conducir al hombre a la felicidad y a la
satisfacción. Una, a través de la expresión y transmisión de sentimientos a
través de un lenguaje universal acomodado en múltiples formas musicales; la
otra, a partir de formulaciones teóricas sobre la conducta, el pensamiento y
las emociones del ser humano.
Y fue ese pensamiento, producto de
una densa y rica reflexión, el que le desembocó en la última transformación de
la primera sección musical, liderada por el noble timbre de las trompas. Sin
darse cuenta, había llegado a juventud. Como reacción, dirigió su mirada hacia
un retrato por el que siente gran cariño y admiración. No quería pecar de
ególatra, pero ese retrato era de él mismo, vestido con la toga, el birrete y
la beca que le convirtió, tras tres años de trabajo, en maestro. Al descansar
su mirada sobre ese retrato enmarcado en madera wengue comprendió que, el
inicio de la veintena inicia esa etapa en la vida en la que la persona se
formula unas metas determinadas, un proyecto de qué quiere conseguir en su
historia, recién inaugurada.
La melodía podía ser agresiva, por
tratarse de una etapa de incertidumbre, de dudas y dilemas, pero Liszt no creyó
que fueran años de la vida tan arduos. La constitución de la identidad debe ser
como la de una casa, con unos cimientos sólidos que permitan su resistencia
ante las adversidades que acechan en el mañana.
El acelerando acaudillado por las cuerdas, junto con una tímida
evocación del motivo principal de la obra por parte de las flautas traveseras,
desemboca en un acorde algo inestable. Algo nuevo se atisba.
Y lo nuevo, es la nueva sección: la guerra. Pequeño sobresalto en el sofá
por chelos y contrabajos. Acaba de llegar la Adultez. El carácter se torna violento. La dinámica es inestable,
la intensidad llega al forte para
caer trepidantemente a un piano
conmovedor, y vuelve al forte y al piano incesantemente. Cromatismos
ascendentes de cuerdas y maderas que dan paso a un metal pleno de energía,
advirtiendo de los obstáculos propios de esta etapa de la vida. El perfecto
ensamblaje de cuerdas y maderas recuerdan la disposición de estrategias para
hacer frente a las dificultades. Así, ante este diálogo, que concluye en
acordes ascendentes con una escala descendente, se llega a un agitado tema, del
que son responsables los metales de la orquesta.
Acaban de hacerse visibles las
responsabilidades propias de esta etapa. Aun sin haberlas vivido, asumía sus
tareas psicosociales propias de esta etapa, como diría el psicólogo Erik
Erikson. Invocó así, gracias a otro estímulo visual (en esta ocasión la
instantánea de la boda de sus padres ante la salida de la iglesia dieciochesca)
todos los problemas de esta etapa con los que habría de lidiar: la constitución
de una familia, la educación de los hijos, la compaginación de la vida laboral
y familiar, siempre sin llegar a la “sobreextensión”, a ese estado de
hiperresponsabilidad, olvidándose la persona de su propio bienestar.
Alguien muy próximo a él tomó,
varios años atrás, la decisión de acomodarse en ese estado, en el que la
persona consagra su vida a los demás, y desestima vivir la suya propia.
La composición avanza, en manos de
los violines en esta ocasión. Y las personas van añadiendo páginas escritas en
sus historias, muchas veces sin querer asumir este hecho innegable. Los
arpegios, en tiempo ternario, primero marcatos
y después legatos hacia un descenso
en el tempo, hacen que mitigue estos
pensamientos de su mente, dado que otro cambio significativo va a acaecer en la
obra, y en la vida.
Nueva sección: la campiña. Nueva
etapa en la vida: la Senectud. La
creatividad, el ingenio y el virtuosismo de Liszt no le posibilitaron la
transformación del leitmotiv de la
composición en un modo menor, triste y sombrío por las características de este
último período de la vida. Un cambio de ritmo hacia un compás de subdivisión
ternaria, invitó al melómano a escuchar un tema alegre.
Parecía evocar una persona contemplando todo el transcurso de su vida,
sin sentimientos de inutilidad, aislamiento o decepción, orgullosa de haber
llegado a esta etapa plena de falsos tópicos, mirando atrás y aceptando el
curso de los eventos pasados, las decisiones tal cual fueron tomadas en un
pasado del que ya se concienció que nunca más volverá. Sentía que le estaba
escudriñando desde la pared, encuadrado en listones sobrios: su abuelo, quizás el
mejor que podía personificar estos pensamientos en su mente. A pesar de estar
ausente ya más de una década, siempre lo consideró un ejemplo a seguir. La
metástasis acabó ganándole la guerra de la vida, pero de las batallas previas
salió invicto, sin que le mermaran las ganas de seguir viviendo tal y como él
la concebía: puro dinamismo y actividad.
En ese instante se levanta del sofá,
desandando el suelo de gres, para cruzar el umbral de la puerta de la cocina.
Toma una taza del merchandaising
charro, y se prepara una taza de café con leche humeante, tradición que heredó
en línea descendente, de abuelo a madre, y de madre a él mismo. Mientras tanto,
era consciente que el tema melódico de esta última sección estaba siendo
repetido por la cuerda más grave del grupo orquestal, después por el metal
encabezado por las trompas, yendo in
crescendo en tempo y tomando
velocidad, arribando a un breve pasaje basado en la fragmentación del motivo
melódico en la que sobresalen las maderas. Estaba llegando al final de la vida,
estaba llegando a la muerte.
Trompas, trompetas y trombones
anuncian ese final, un final que se ha ido afrontando sin miedo, aunque sin
obviar los temores propios del cierre de la historia. Un final que se espera
sin pavor. La obra enuncia la sabiduría que ha alcanzado la persona en todos
sus años, una sabiduría no basada tanto en el conocimiento, sino en el amable y
humano acercamiento a la vida y a la muerte. Podría llegar a ser paradójico,
pero es la solemnidad, la grandiosidad de haber llegado a este punto de la
existencia, asumiéndolo sin resignación, con orgullo y satisfacción.
El trino de las maderas, acomodado
en las terceras ascendentes de las cuerdas, le dirige al tema inicial. La coda, la misma parte musical de la
sección inicial. Gracias al compositor, regresó al momento presente, al “hoy”,
al “ahora”. De nuevo, el brillante metal le recuerda que no se puede descuidar
el presente. Y es que, si tenía conciencia de lo que era la vida, de cómo se
desarrollaba ésta, sabía que no podía quedarse rezagado en la retaguardia del
pasado, al igual que tampoco podía adelantarse al futuro.
¿Cómo proceder?
¿Construyendo día a día, su vida, su
futuro?
Mientras que el húngaro recurrió a
tres notas que le sirvieron como excusa para diseñar una pieza programática,
él, como protagonista de su vida, con sus pequeños actos cotidianos, irá completando
su historia, a través de las distintas etapas de la vida.
Fecha de
creación: Diciembre de 2011.
Fecha de
re-edición: Junio de 2014.