I just can't escape my thoughts

I just can't escape my thoughts

jueves, 18 de diciembre de 2014

España encerrada en una pieza de Santiago.

Cuatro menos veinte de la madrugada. Cielo impoluto. Silencio quebrado por el paso de algún taxi en la templada noche que descansa sobre los adoquines de la metrópoli. Yema del dedo índice sobre el botón. Se abre la puerta. “Gracias, buenas noches”. Formalismos para establecer algún tipo de relación anodina con el fámulo de turno, cruzando cabizbajo el umbral de la puerta, sin detenerse a contemplar los abalorios luminosos propios de las fechas hiperglucémicas que pisan los talones.

Oscuridad. Melodía ascendente y descendente que viola el silencio de que impera en la estancia. Mientras se descalza, camina dubitativamente hacia el botiquín, sin saber si tomar un antiinflamatorio o una de esas pequeñas píldoras que le transportaban a una realidad paralela e inconexa con este mundo. Su historia personal y su persistente juez le invitan a ingerir una de esas cápsulas que llevan por nombre “Ibuprofeno”.

Con la ropa en la mano derecha, el móvil en la zurda, y vestido con el sudor del trabajo y del verano incipiente, se dispone a penetrar sigilosamente en la habitación. Su compañero, bañado por los reflejos rojizos de la luz de las farolas que atraviesa la ventana, respira pausadamente. Un ardiente deseo de abrazarle, sentir su piel, besarle, hacerle una síntesis de su jornada laboral, le brota de su mente; pero ésta misma le frena, pues vela por el descanso de su compañero de cama y de vida.
Recostado sobre el colchón, decidió abrir esa cajita que reposa sobre el velador, para mantenerse despierto unos cuantos minutos más, o incluso una hora. La cajita, bautizada con la etiqueta “insomnio”, celosamente guardaba todos aquellos recuerdos, inquietudes, preocupaciones, obligaciones y demás fórmulas que le despojaban del sueño reparador. Incapaz de dejarla en España, la echó en alguna de las maletas que facturaron un par de semanas atrás.

No sabía qué imagen escoger, qué imagen abrazar, con qué imagen jugar, y qué imagen clavar sobre su pecho recostado en el lecho. ¿Familia? ¿Amistades? ¿Últimas impresiones del Madrid que le vio entristecerse? ¿Las calles de esa villa llana que tanto desgastó con sus paseos? Conforme iba cogiendo imágenes y las iba apilando en el lado opuesto al que descansaba su compañero, iba anudándose la corbata de la tristeza, una corbata que le sumergía en un estado difícil de describir, a pesar de rebuscar entre las tantas palabras que encerraba su léxico.

Cerraba los ojos, y sentía estar con uno de los pijamas de invierno, cubierto por las mantas de su lecho, hipnotizado por el rítmico tic-tac del despertador que le daba religiosamente los buenos días. Todo eso quedó atrás. Cogía esa imagen por los bordes, la examinaba una y otra vez (con el pijama, las mantas, el tic-tac), pareciéndole ajena, como si su dueño fuera otra persona y no él mismo.

El abrazo de ella en la estación de tren. ¿Cuándo volvería a sentir ese abrazo? ¿Cuándo volvería a ver esa sonrisa? ¿Cuándo volvería a perderse en los circunloquios que creaban postrados en los taburetes de la barra de aquel bar de Malasaña? ¿Cuándo volverían a reír, llorar y sufrir juntos, compartiendo el mismo espacio?

Su cajita le vigilaba desde el velador. Le invitaba a tomar una imagen. Le susurraba al oído, reproduciéndole diálogos de un pasado no tan lejano. Advertencias. Consejos. Orientaciones. Reproches. Reproches. Orientaciones. Consejos. Advertencias. El resbalón de una puerta que se abre. La caída del tenedor y su consecuente rebotar sobre el suelo. La megafonía del ascensor. La fricción de los zapatos contra el felpudo. El ralentí del coche.

La última obra interpretada.
La última pista reproducida del disco de vinilo de los setenta.
La última vista al Madrid de los Austrias.
Las últimas palabras emitidas entre lágrimas sin enjugar en la terminal, ahogadas por abrazos.
Calderón que reposa sobre el silencio de redonda.

Fin del acto XVI
(Interludio de menos de veinticuatro horas)


Siempre el sueño acaba venciendo a la vigilia en las noches de cuarto creciente. Con ayuda de fórmulas magistrales conseguidas en farmacias de barrio o con ayuda del cansancio. 

domingo, 26 de octubre de 2014

Hasta siempre, Madrid

Vine a la gran urbe, buscando la suerte. En realidad, la suerte no era más que el comienzo de una nueva etapa de formación y, por qué negarlo, de experiencias que capitales de provincia no tienen en sus catálogos de ocio. Siempre me consideré un nómada, pues desde los dieciocho años, momento en que abandoné el nido familiar para labrarme ese futuro idílico propio de las creencias familiares y las expectativas que los más próximos derramaban sobre mí, mis cambios de ciudad eran análogos a los cambios de fondo de armario, de corte de pelo, y de estado de ánimo.
Madrid. Me recibiste llorando. Tras dos trasbordos de metro, propios de un provinciano que queda embelesado al ver la trama coloreada de la red del suburbano, llegué calado al piso que, hasta el día de hoy, ha sido mi hogar. Un hogar al que, sinceramente, a pesar de faltarle una televisión o un puñado más de metros cuadrados, había armonía, concordia y entendimiento entre todos sus arrendatarios.
A los pocos días, me vi sumergido en la vorágine del ritmo que la gran metrópoli implantaba a sus habitantes. Bajaba las escaleras mecánicas del metro a un ritmo estrepitoso, esquivando a trabajadores, estudiantes y familias con sus hijos, arriesgándome a introducirme en el instante en que sonaba la molesta sirena que anunciaba el cierre de puertas. Cruzaba corriendo las amplias avenidas,  temeroso de no llegar de un lado al otro por quedarme embelesado al disfrutar de los gigantes arquitectónicos que dabas asilo en calles como la Calle Alcalá, la Calle Serrano, o el Paseo de la Castellana.
Lo que más me enamoró de ti (porque por ti siento un amor verdadero) fue la noche, más en concreto la oferta cultural y de ocio que residía en los cientos de locales que albergas. Desde los teatros, los conciertos en el Auditorio Nacional o el Teatro Real, hasta los innumerables garitos, antros de mala muerta y salas de fiesta que me han visto absolutamente embriagado, pero también eufórico, pletórico. Desde Lavapiés a Malasaña, pasando por La Latina o Huertas, sin olvidar Chueca, claro.
Di rienda suelta a mis hormonas, a mi alter ego, o a mis instintos más pasionales residentes en el subconsciente, y las muchas cervezas y copas en barras y pistas daban  pie a los besos y las caricias de personas cuya identidad me resultaba prescindible conocer, buscando una cama en la que un poco de buen sexo y calor humano aumentaran mi autoestima, que descendía hasta las profundidades de ti, Madrid, al hacer los caminos de la vergüenza y el arrepentimiento.
Pero me has visto también triste. Has visto cómo, en las tardes de verano y otoño deambulaba por las calles, en busca de respuestas a mis inútiles amarguras. Porque el Palacio Real, el Parque de El Retiro, los Jardines del Descubrimiento o el Parque de Tierno Galván han sido fieles testigos de mis preocupaciones. Siempre me ofrecían un banco en el cuál sentarme a leer alguno de los libros acumulados en cajas de mudanza, hasta que miraba hacia ningún punto en concreto, y les pedía consejo y apoyo.
Las mañanas en que salía a correr y me adelantaba a la salida del sol eran toda una aventura, cambiando cada día el recorrido, descubriendo rincones insospechados hasta el momento para mí. Disfrutaba salvando obstáculos por Alonso Martínez o Argüelles, sufría subiendo la cuesta de Cea Bermudez y las escaleras de Juan Bravo, resucitaba al encontrar una fuente de la que brotaba agua en Príncipe de Vergara o el Paseo de la Castellana. Y fue así como fui grabando en mi mente el plano de cada uno de tus barrios y distritos. Por eso, siempre con mucha honra, puedo considerarme un experto en ti, en Madrid.
Ya no me impresiona cruzar la Calle Alcalá cuando salgo de Banco de España, postrándome ante la belleza del Palacio de Telecomunicaciones. No  vibra mi interior al ver grandes grupos de personas en la Puerta de Sol, cada uno de ellos reclamando y defendiendo sus derechos. No siento ganas de recorrer, una vez más, el eje Prado-Recoletos-Castellana, pues ya sé qué calles y edificios quedan a ambos lados de la amplia vía. No me planteo coger el metro, ni averiguar la ruta que me pueda llevar a ti, pues por mucho que hayan ampliado la red en los últimos años, no es capaz ni tan siquiera de acercarme allí donde tú estás. Esa obligación es de Adolfo Suárez-Barajas.

Por eso, por todo lo que me has podido dar en estos dos años, siempre quedaré agradecido, Madrid. Sabes, tan bien como sé yo, que volveremos a vernos. Que me darás casa, cultura, ocio y diversión, siempre que también me ofrezcas trabajo. Por lo tanto, sólo puedo decirte “hasta pronto, Madrid”. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

Mierda KV617

Paulatinamente, el sol iba perdiendo la batalla. Un día más, la noche obtendría la victoria frente a su rival diurno. Estaba allí, sereno, apaciguado, respirando la paleta de tonos ocres que la tarde de un prematuro equinoccio de otoño me ofrecía desinteresadamente.

Sentado en una roca, bajo la ampulosa copa de una centenaria encina, observaba detenidamente cómo la sombra del árbol adquiría dimensiones mayores, hasta que quedaba dormida en la oscuridad de un manto de cereales e hierbas silvestres.

En el momento de exhalar la última bocanada de cigarro, una huesuda mano se apoyó levemente sobre mi hombro. Como si de un instinto primario y animal se tratara, eché su espalda violentamente hacia delante, tratando de desembarazarme de la mano, cuando de repente, me vi en mi cama, tendido boca arriba, emanando sudor por los poros de mi piel.


Otro sueño frágil. Ya no sabía cuántos habían sucedido aquella noche en la que lo único que parecía perdurar era el monótono llanto de un cielo encapotado y la desesperación por no ser el elegido por Morfeo para tener un sueño no ya longevo, sino al menos satisfactorio.

Eran ya muchas las noches en las que seguía aplicando el inútil y falaz protocolo que me garantizara un puñado de horas de sueño en fase REM. Igualmente, eran ya muchas las noches en que me retorcía en la cama, suplicando a mi almohada, al somier y al la puñetera pintura blanca que me vigilaba desde el lado opuesto de la cama, que se aliaran conmigo para resolver la inaguantable sensación que me tenía atado de pies y manos, que me presionaba el pecho, que me azotaba con un látigo de cuero la cabeza.

Era imposible. La sensación no era más que producto de un conglomerado de sentimientos y pensamientos que no sabía cómo etiquetar. Solo sabía que la alexitimia me nublaba el juicio y me amordazaba la boca, sin ser capaz de expresar mi estado actual. Era la falta de raciocinio, o la excesiva emotividad que dirigía mi vida, una u otra, las responsables de la debacle de mis últimos días a la que estaba asistiendo.

Una vuelta. Otra vuelta. Miraba el gotelé de la pared, sintiendo unas terribles ganas de arrancarlo con mis uñas, víctimas de la onicofagia nerviosa. Arrancar los recuerdos que quedaban en las paredes, celoso de que otro arrendatario fuera conocedor de los tiempos de bonanza y miseria vividos en la minúscula habitación.
Volvía a taparme con la sábana, la manta y el edredón, a pesar de la alta temperatura que había alcanzado mi cuerpo. En su refugio me sentía seguro. Murmuraba al embozo de la sabana, lo retorcía cuando trataba de argumentar mi nefasta coyuntura, y lo arrojaba contra la pared cuando me desesperaba. “Maldita sea”, es lo único que acertaba a decir. Eso, y el “por qué a mí”, o “qué he hecho o qué hago mal”.

No tengo necesidad de buscar jueces que emitan mi sentencia. Yo soy el mejor de todos ellos, equilibrando, eso sí, la balanza a mi desfavor. Tampoco busco psicólogos que traten de definir mi estado enfermizo. Yo me redacto los diagnósticos sin necesidad de asistir a un gabinete. Mis terapias se han reducido a deambular por las estancias de mi casa, abriendo la puerta de cada una de ellas, y soñando, ¡iluso de mí!, que allí seguías.

La terapia se combina con contar los días que me quedan para despojarme de la ropa de invierno y los temores, con unos tragos a cervezas de lata y caladas a cigarrillos frente a la pantalla de este ordenador, que se ha convertido en la ventana por la que accedo a tu nueva realidad, esa que te hace sentir eufórico, pero también te enerva cuando las circunstancias son disonantes.

Me enseñaron a tener paciencia. Pero se me ha agotado. Imploro a Dios,  a la Virgen, al Karma y a los miembros de mi árbol genealógico, para que me cedan un puñado que me hagan más llevadero estos días. Busco reservas en los bolsillos de la americana, en las vueltas del pantalón de pitillo, y entre las carpetas de las asignaturas de la licenciatura. Nada. No la consigo. Vanos intentos.


La lluvia amaina, el cielo se ha desahogado. Son las tres de la madrugada. Heroicamente me siento algo más agotado, sin haber llegado a ninguna conclusión. En un recoveco de mi mente suena esa línea melódica que reproduzco para llegar a la meta de la noche. Parece que lo consigo. Sí. La voz interna se ha callado, y sin articular mantra alguno, saboreo un sueño con una vida de cinco horas. 

lunes, 29 de septiembre de 2014

Vómito. Calma. Insomnio.

Me tiembla el pulso. En realidad, mi inconsciente es muy inteligente, y no quiere que meta la llave por la cerradura. Abrir esa puerta, cruzar el umbral, y desandar el pasillo que me llevará a la habitación de escasos metros cuadrados, ocupada por una cama de ochenta y cinco centímetros y unos pocos muebles de calidad Ikea.
Una cama que se me quedará grande. Una cama en la que tú no dormirás hoy. Una habitación en la que no te encontraré al llegar a casa.
Es un hecho. Te acabas de marchar. No han pasado ni tres horas desde que salí del Aeropuerto, abrumado por un crisol de emociones a las que no sabría ponerles nombre -en parte, por el tiempo que transcurrió desde la última vez que las experimenté- y estoy tratando torpemente de recoger con un cepillo y un recogedor los trozos de felicidad que han quedado en mi habitación, junto con algún kleenex y el envoltorio de la tarjeta de videojuegos que te compraste conmigo.
No sé qué hacer en estos momentos. Me siento paralizado. Me encantaría ordenar la habitación, pero mi cuerpo me pide tirarme a la cama. Respirar la fragancia de tu piel que dejaste impregnada en las sábanas. Arroparme con ellas. Apagar la luz. Cerrar los ojos. Dormir.
Es inútil. Hoy no podré conciliar el sueño tan fácilmente. Y queda descartado tomarme una tila, un milagro herbáceo marca blanca, una benzodiacepina, o cualquier combinado en la barra del bar de la esquina, escuchando las desgracias emitidas por una televisión de plasma, ahogadas por el sonido penetrante de la máquina tragaperras cuyas teclas son golpeadas por un viejo desdentado. Prefiero no dormir. Prefiero coger un papel, un bolígrafo, y dibujar con mi caligrafía el pasado que hemos vivido juntos y el futuro que me espera a tu lado, mientras consigo que la tinta se corra con la caída en libre de una lágrima. Y, con algo de suerte, caeré en la cama, abrazando a la nada, o a mi perro de peluche, que se ha prestado a sustituirte, aunque le he dicho al oído que no le quiero más que a ti.
Me he recortado la barba, ¿sabes? No lo he hecho por romper la promesa que te hice, ni tampoco porque me molestara, sino por una entrevista que tendré mañana. La máquina tiraba de mis pelos provocándome un dolor ridículo. En pocas horas me he visto despojado de tu presencia, y hace unos instantes de mi barba, sintiéndome indefenso, vulnerable, atemorizado por el mañana. Un mañana en el que, obviamente, no estarás junto a mí.
Podría seguir escribiendo. Sigo sin tener sueño. Y la opción de las benzodiacepinas está tomando más fuerza. Pero no quiero drogarme cuando sé que la mayor droga eres tú. Porque ni el éxtasis, ni el LSD, ni cualquier otra droga de diseño, puede provocar lo que tú has incitado en mí estas últimas semanas. Ni la subida en la noria -¿te acuerdas?- en la feria puede servir como aproximación a lo que has despertado en mí.
Y ahora comienzo a ser víctima del llamado “síndrome de abstinencia”. También de una inestabilidad emocional -apelemos a ella como “neuroticismo”- que se agudizará en los momentos en que recorra los rincones del Madrid que te quise mostrar y que, cuando vuelva a pasar por ellos, mis labios dibujarán la más nostálgica de las sonrisas y mis ojos se verán incapaces de derramar lágrimas. Y recordaré la foto que me pediste que te hiciera ante la Puerta de Alcalá, la que te tomé en “Tiempos Modernos” con mi camiseta de rayas, o el banco en el que nos sentamos a descansar en los Jardines de Sabatinni, sin pasar por alto las baldosas que pisamos por el Barrio de Salamanca la primera noche en que te llevé a mi casa, mientras nos besábamos sin ser conscientes de que el paso del tiempo es el arma que más dolor puede proferir a dos personas que se quieren sin condiciones.
Y, lo mejor de todo, es tener la esperanza de cerrar el paréntesis que se ha abierto en el momento en que has atravesado el arco de seguridad del aeropuerto. Porque sé que estoy viviendo en una cadencia que no se ha resuelto todavía, en el desarrollo de un primer movimiento de Sinfonía que busca llegar a la reexposición, en una trama argumental que anhela el final feliz de toda historia feliz.


-Quedo eternamente en deuda contigo. Sí, contigo. Tú has sido fiel conocedora de cada página de esta historia. De mis ilusiones y temores. Por ello, una vez más, te doy las gracias.-

lunes, 15 de septiembre de 2014

Septiembre. Esto despiertas en mí.

Delante de mí tengo un documento en blanco. Los dedos, apoyados correctamente (tal y como me enseñaron en las clases de mecanografía) sobre el teclado del portátil.
Siento miedo. Se despierta en mí una sensación de angustia. De ansiedad. De temor. De fobia. Emociones negativas. Adversas. ¿Qué hago ahora?
Casualmente, eso es lo que siento ante la vida. Me encuentro frente a un abismo atroz. En ese abismo me acompaña un látigo, en mi mano derecha (para todo soy diestro). En intervalos breves de tiempo lo sacudo sobre mi propia persona. Es placentero o, al menos, siento que encuentro gozo al fustigarme minuto tras minuto.
Me encanta sacudirme con él. Cada vez que pienso lo inútil que soy, lo inservible que me siento, que mi contribución a la sociedad está siendo más parca de lo que proyecté en un tiempo anterior, lo tomo con fuerza y me atizo. Una vez. Otra vez. Otra vez más. No caen lágrimas de mis ojos, pero mi alma llora a borbotones. Siento un manantial de tristeza dentro de mí.
¿Qué ha fallado? ¿Acaso mi plan no era perfecto? Yo era un estudiante aplicado, con las preocupaciones de cualquier estudiante. Clases. Prácticas. Exámenes. Calificaciones. Verano de sol y piscina. Alcohol y más alcohol. Eso se acabó ya.
Y ahora, ¿qué?
Trabajar.
Sería un placer enrolarme en ese verbo de acción.
Placer. Como el que encuentro al aplicar sobre mí los golpes de ese látigo que creé yo a lo largo de mi vida.
No hay trabajo.
“Si no podemos establecer un convenio de colaboración con tu universidad o escuela de formación, lamentamos decirle que no puede continuar en el proceso”. Lamentamos no poder contar con usted para poder explotarle como un “becario” con un maravilloso “contrato de formación”, remunerado con un puñado de euros y una jornada laboral que agota hasta a las manecillas de su reloj.
“Si no tiene experiencia laboral previa, no puede formar parte de nuestro equipo de trabajo”. Le agradezco que me vete la oportunidad para trabajar. Así, mi experiencia irá en crescendo, gracias a empresas, instituciones y organizaciones que brindan la oportunidad a los jóvenes sobrecualificados, pero sin experiencia que contar en sus currículums.
“Está demasiado formado para el trabajo que ofrecemos. Lo sentimos mucho”. Si lo hubiera sabido años antes, habría estudiado una Formación Profesional, o incluso me hubiera bastado con conseguir el Título de Educación Secundaria.
Omisión de respuesta”. “Entrega de tu currículum a las papeleras y destructoras de papel”.
Empecé hablando de mi látigo, y he espetado los diversos argumentos que me ofrecen, vía telefónica, para expresar su renuncia a elegirme como persona que aspira a un puesto de trabajo.
Y mientras me rechazan, me voy dando con mi látigo.
Y mientras me doy dando con mi látigo, pasan los días.
Primero uno. Luego otro. Todos iguales. Sacados del mismo patrón.
Del patrón del hastío y la monotonía.
Patrones que yo no diseñé, pero han sido implementados en mi vida.
¿Acaso no soy yo quien decide qué hacer con mi vida propia?
Debería ser así, pero juego en un entorno que pone las reglas del juego. No quiero aceptar esas reglas. No quiero jugar en este juego en el que siempre salgo perdiendo.
Veo la salida de este túnel, que he tratado de desdibujar en este escrito a través de oraciones simples, yuxtapuestas, coordinadas y alguna que otra subordinada, está fuera.
Fuera de Madrid. Fuera de España.
¿Fuera de esta vida? No. Creo que todavía merece la pena. ¿Qué podría presentar como argumentos a favor de esta proposición? ¿Familia? ¿Amigos? ¿Tú? Sí. Todos podrían servirme.
Aunque hay días que prefiero poner fin cobardemente a la historia comenzada un cuarto de siglo, a pesar de lo que -familia, amigos, tú- podrían objetar. Aquellos días en que:
-          Veo la cama como el lugar idóneo donde refugiarme de los problemas.
-          Llorar es placentero.
-          Cogería una caja de cualquier psicofármaco y sería mi desayuno de los campeones derrotados.
-          Dejo pasar cada segundo de mi vida sin hacer nada. Sin pena ni gloria.
-          Me siento como una persona que no sirve para nada. Ni tan siquiera para vivir.
Otros días me retracto de estos pensamientos, y prefiero salir de la cama para enfrentarme de los problemas, cierro el grifo de lágrimas, llevo una alimentación sana y equilibrada, me siento activo cada instante de mi vida, creyendo que puedo aportar algo a una comunidad o a la sociedad en general.
Creo que me siento algo mejor, tras haber derramado en papel todo lo que siento en estos momentos. También ha contribuido el hecho de operativizar un deseo que llevo persiguiendo durante bastantes meses, y es el de consagrar un par de horas al día a la ayuda a aquellos que más lo necesitan.
Ahora vuelvo a sentirme peor. La sombra se cierne sobre mí, impidiendo avanzar por un camino en que la claridad la dejé meses, quizás años atrás.  La losa cae sobre mi espalda; pesa demasiado para mí, mas es mi losa, y soy yo quien debe llevarla.

Vuelvo a sentirme mejor, pero es una falsa ilusión. No puedo vivir en los recuerdos.


Estoy subido en una montaña rusa. No me quiero bajar, aunque lo haya pensado muchas veces. 

jueves, 7 de agosto de 2014

Monólogo matinal, o "cómo hundirte frente a tu propio ego"

Exhalando la última bocanada de humo, mira de soslayo el cenicero, y dirige la colilla agonizante al recipiente. Lo mata. Se levanta con desgana, y se dirige al baño. Comienza el ritual vespertino: ducha de agua templada, limpieza de cara, y examen frente al espejo.

Su juez homónimo, al otro lado del cristal, le examina con detenimiento. Dos canas, tres granos, un labio parco de hidratación, una barba de una semana, y unos cuencos sobre los que reposan unos ojos marinos y lánguidos. La vida en un patíbulo constante deja marcas.

Se recorta la barba con desdén, extrae los tres pelos del entrecejo (percatándose de la existencia de otro pelo cano en la ceja diestra), se lava los dientes, y se echa esa crema milagrosa cuya aplicación convierte cualquier tez cansada en la más revitalizada (como la de un niño de siete años, ¡ja! Y tú te lo crees, iluso).

Aun sin terminar de acicalar su pelo, su fiel amigo le lanza otro órdago. “¿Te aceptas tal cual eres?” Hubiera preferido la pregunta más difícil de cualquier examen de carrera a esa cuestión. Y, ya sabía de antemano, que el monosílabo negativo no era suficiente. Él, acostumbrado a perderse en justificaciones y circunloquios, debería defender su postura. “Pues no, no me acepto tal cual soy”.

“Lidio batallas diarias. No con los demás. Sé que podría vencerles. Los más duros enfrentamientos los tengo conmigo mismo. Siento una debilidad por los cambios bruscos de humor, o eso parece. De pequeño me daba miedo las montañas rusas; cuando era adolescente, eran mi debilidad; ahora siento adulto, me burlo de ellas, y presento mi configuración emocional como la más apasionante de las atracciones: su velocidad, sus descensos trepidantes, sus subidas insospechadas, sin que haya tramo alguno de horizontalidad en el recorrido”.

“Busco el “sí”, pero el mío no me vale. Necesito el refuerzo de los demás, el aliento del prójimo, el impulso del “tú” o de aquel “él”. Nunca se me dio bien quererme. Puedo pecar de neurótico, pero de narcisista nunca. No valgo mucho. Me siento devaluado (¿o me devalúo yo mismo? Esto es el conflicto del locus de control, supongo) en un entorno en el que priman rasgos o atributos que no están a mi alcance; y aquellos de los que soy digno poseedor, no figuran en las listas de características que hacen a una persona interesante y atractiva”.7

“Camino siempre por la vida con un reloj, un metrónomo, una brújula, y un juego de regla-escuadra-cartabón.  Todo ha de salir bien. La planificación da sentido a mi vida. “Levántate a las seis y media de la mañana.” “Encamínate hacia el cuarto de baño”. “Después prosigue con la siguiente acción”. “No te retrases en llegar a este sitio”. “No puedes permanecer más de dos horas en este lugar haciendo desempeñando esta tarea”. Sí, el orden y la planificación dan sentido a mi vida. Son los mandamientos que dirigen el transcurso de mi día a día”.

 “Me canso de los retos cuando los he alcanzado. Cuando alcanzo el éxito, no valoro el esfuerzo que me costó conseguirlo”.

“El escepticismo es mi filosofía. Descanso sobre un lecho de dudas".

“Soy caprichoso”.

“¿Algún defecto más? Se aceptan sugerencias, siempre y cuando no entierren mi autoestima por debajo del manto inferior de la Tierra.”


Así, con otro suspiro lánguido y sonoro, mas no procedente de la voz de aquella tarde, como diría Manuel Machado, sino de su aparato respiratorio, cogió el maletín para salir de su casa. Volvería a desandar el “Callejón del Gato”, como cada mañana. No vivía en el madrileño Barrio de las Letras, pero se divertiría con la deformación grotesca de su realidad, sobre la que ya no tenía control alguno. 

lunes, 21 de julio de 2014

Quién te ha visto, y quién te ve. Crónica de una debacle emocional.

Un día cualquiera de la semana. Una hora cualquiera del día. El tiempo había dejado de ser algo nítidamente estipulado en su vida, para pasar a ser algo vago e impreciso. La mitad de los relojes de su estancia se habían rendido. No querían marcar más marcar las horas. Los conciertos de los anteriores meses que ofrecían los segunderos y las alarmas habían cedido a favor de un mutis interrumpido por la brisa que entraba por la ventana, haciendo mover livianamente la cortina. Sólo se sabe que era verano, y que el calor volvía a golpear con dureza en la capital.

Verano, esa estación del año en que las personas, en un alarde de ociosidad, dan a conocer su dicha, subiendo fotos a las redes sociales con fondos tan ensoñadores como una cala mallorquina o un cielo víctima del crepúsculo en una playa del norte peninsular, sin hablar de los tonos bronceados de las pieles, convirtiendo a las personas en una alienación de la raza caucásica.

Mientras tanto él, ajeno a toda la realidad, incluso a lo que acaecía en su piso, mataba el tiempo tumbado en la cama, un lecho insoportable de preocupaciones, de reflexiones, de culpa y remordimiento, de recuerdos y de nostalgia. Desde ella veía que el reloj blanco le juzgaba impasiblemente, con sus manecillas hieráticas. Marcaba algo más de las nueve y veinticinco. Se había quedado estancado en ese momento. También se había acomodado a vivir recordando el verano del 2012. En realidad, su vida había quedado atrapada en una infancia en tonos pastel.

Los últimos versos del aria de Puccini le provocaban, una vez más, cerrar los ojos, sintiendo la vergüenza de volver a llorar, sin motivo aparente. No era un llanto de emoción ante la audición de una de las composiciones más delicadas del italiano. Era una expresión de su estado interior, una manifestación de lo que es, era y sería su vida. Un continuo ritornello a la tristeza. A la melancolía.

Al arrepentimiento.

¿Qué es lo que había hecho tan mal en el devenir de su historia? Decisiones mal tomadas, fruto de su falsa madurez, de su impulsividad, de la falta una concienzuda meditación sobre las consecuencias inherentes a los caminos que había escogido. Y, aun sabiendo la inutilidad de quedarse rezagado en los errores del pasado, el propósito de enmienda lo acurrucaba más y más en el ayer, sin el mínimo interés en construir, desde el hoy, el mañana.

Lo único que quería construir era un espacio en el que no existieran las preocupaciones, los temores, la intriga y el dolor. Algo así como un vórtice.

Sudando, con el pelo graso, y con el alcohol recorriendo todavía por sus venas, decidió ir a sentir el frescor de un vaso de agua. Eran las ocho de la tarde de un lunes, un lunes asesinado por la indiferencia y la pasividad ante lo que para él había sido bautizado como su bien más preciado un año atrás: la vida.




sábado, 21 de junio de 2014

Bajo la sombra de Liszt

¿Qué es nuestra vida sino una serie de preludios a una canción desconocida, de la cual la primera nota solemne es la que hace sonar la Muerte?
Alphonse de Lamartine (1790-1869)

La esperanza es la virtud más indispensable inherente a la condición de estar vivo.
Erik Erikson (1902-1994)

            Sobremesa de una tarde fría. Como si de un impulso se tratase, se afanó en la búsqueda de un CD. Eran muchos los que ocupaban su biblioteca personal desde la adolescencia, mas no podía ser cualquiera. Tenía que ser ese. Recorrió ávidamente los cantos de los discos hasta que, por fin lo encontró. Ahí estaba: Franz Liszt “Poemas Sinfónicos”, de la casa discográfica Deutsche Grammophon. El motivo de reproducir uno de esos poemas era más que conocido por su estado emocional.
            Comienzan las cuerdas a construir, como meticulosos arquitectos, dos acordes en pizzicato, despertando expectación en el oyente, a pesar de conocer la obra como si fuera parte de su identidad. A continuación, estas cuerdas toman un sencillo motivo de tres notas en un puro legato, quedando resuelto por el viento madera con el mismo diseño melódico. Poco a poco, el diálogo cuerdas-viento madera va crescendo, y siente que recupera la energía perdida por días y días de fuertes contratiempos. Cierra los ojos, se deja llevar, hasta alcanzar un punto álgido: la presentación del primer tema: el presente.
            Presente. Brillantes metales. Cuerdas revolucionadas en arpegios ágiles que fluyen con total naturalidad. La orquesta le invita a un gran acontecimiento: el recorrido de la vida, cómo ésta se desarrollará a través de las diferentes secciones de la obra.
            Sólo quería dejarse llevar por el continuo fluir de la música. Con la ayuda del diminuendo, anuncio de la siguiente sección, se acomoda en el sofá.

            El amor. Infancia y juventud. Las cuerdas insisten en el motivo de tres notas anteriormente enunciado. Así, la obra no pierde su identidad. Él tampoco la perdería, a pesar de los múltiples cambios que operaron, tienen lugar y se desenvolverán a lo largo de su historia.
            Abre los ojos, y busca con la mirada por toda la estancia, de entre todas las fotografías que habitaban el salón, cual congregación familiar en papel reluciente enmarcada en maderas cuadradas, tropezando con ella finalmente. Allí estaba. Era él, con tan sólo tres años, meses antes de ingresar en la escuela. Mientras, de fondo, el devenir de las cuerdas le empujan a recordar qué fue de su vida en esos años. Un aprendizaje tras otro: a andar, a hablar, a leer  y a escribir en la escuela… La modulación del tema le recorre toda la piel, y abre la puerta al recuerdo del cariño y la protección de sus padres y hermano. Fue un instante. Tres, cuatro, cinco segundos, no más de diez. La orquesta inicia una transición, que le encauza hacia la pubertad y la adolescencia.
            Cambios en la tímbrica, y cambios en el ritmo, al igual que su cuerpo experimentó, hace algo más de una década. Cambios físicos y emocionales. Esboza una leve sonrisa cuando recuerda su primer amor, los consejos de sus amigos ante incertidumbres de una vida, que no había hecho más que empezar. Sin embrago, el cambio tonal sensible le recordó la necesidad de estar siempre pendiente del entorno: si éste es favorable, las fluctuaciones emocionales propias de la adolescencia no llevarán a alteraciones que puedan repercutir en el futuro. Y es que la música, al igual que la psicología, siempre ha pretendido conducir al hombre a la felicidad y a la satisfacción. Una, a través de la expresión y transmisión de sentimientos a través de un lenguaje universal acomodado en múltiples formas musicales; la otra, a partir de formulaciones teóricas sobre la conducta, el pensamiento y las emociones del ser humano.
            Y fue ese pensamiento, producto de una densa y rica reflexión, el que le desembocó en la última transformación de la primera sección musical, liderada por el noble timbre de las trompas. Sin darse cuenta, había llegado a juventud. Como reacción, dirigió su mirada hacia un retrato por el que siente gran cariño y admiración. No quería pecar de ególatra, pero ese retrato era de él mismo, vestido con la toga, el birrete y la beca que le convirtió, tras tres años de trabajo, en maestro. Al descansar su mirada sobre ese retrato enmarcado en madera wengue comprendió que, el inicio de la veintena inicia esa etapa en la vida en la que la persona se formula unas metas determinadas, un proyecto de qué quiere conseguir en su historia, recién inaugurada.
            La melodía podía ser agresiva, por tratarse de una etapa de incertidumbre, de dudas y dilemas, pero Liszt no creyó que fueran años de la vida tan arduos. La constitución de la identidad debe ser como la de una casa, con unos cimientos sólidos que permitan su resistencia ante las adversidades que acechan en el mañana.
            El acelerando acaudillado por las cuerdas, junto con una tímida evocación del motivo principal de la obra por parte de las flautas traveseras, desemboca en un acorde algo inestable. Algo nuevo se atisba.

            Y lo nuevo, es la nueva sección: la guerra. Pequeño sobresalto en el sofá por chelos y contrabajos. Acaba de llegar la Adultez. El carácter se torna violento. La dinámica es inestable, la intensidad llega al forte para caer trepidantemente a un piano conmovedor, y vuelve al forte y al piano incesantemente. Cromatismos ascendentes de cuerdas y maderas que dan paso a un metal pleno de energía, advirtiendo de los obstáculos propios de esta etapa de la vida. El perfecto ensamblaje de cuerdas y maderas recuerdan la disposición de estrategias para hacer frente a las dificultades. Así, ante este diálogo, que concluye en acordes ascendentes con una escala descendente, se llega a un agitado tema, del que son responsables los metales de la orquesta.
            Acaban de hacerse visibles las responsabilidades propias de esta etapa. Aun sin haberlas vivido, asumía sus tareas psicosociales propias de esta etapa, como diría el psicólogo Erik Erikson. Invocó así, gracias a otro estímulo visual (en esta ocasión la instantánea de la boda de sus padres ante la salida de la iglesia dieciochesca) todos los problemas de esta etapa con los que habría de lidiar: la constitución de una familia, la educación de los hijos, la compaginación de la vida laboral y familiar, siempre sin llegar a la “sobreextensión”, a ese estado de hiperresponsabilidad, olvidándose la persona de su propio bienestar.
            Alguien muy próximo a él tomó, varios años atrás, la decisión de acomodarse en ese estado, en el que la persona consagra su vida a los demás, y desestima vivir la suya propia.
            La composición avanza, en manos de los violines en esta ocasión. Y las personas van añadiendo páginas escritas en sus historias, muchas veces sin querer asumir este hecho innegable. Los arpegios, en tiempo ternario, primero marcatos y después legatos hacia un descenso en el tempo, hacen que mitigue estos pensamientos de su mente, dado que otro cambio significativo va a acaecer en la obra, y en la vida.

            Nueva sección: la campiña. Nueva etapa en la vida: la Senectud. La creatividad, el ingenio y el virtuosismo de Liszt no le posibilitaron la transformación del leitmotiv de la composición en un modo menor, triste y sombrío por las características de este último período de la vida. Un cambio de ritmo hacia un compás de subdivisión ternaria, invitó al melómano a escuchar un tema alegre.
Parecía evocar una persona contemplando todo el transcurso de su vida, sin sentimientos de inutilidad, aislamiento o decepción, orgullosa de haber llegado a esta etapa plena de falsos tópicos, mirando atrás y aceptando el curso de los eventos pasados, las decisiones tal cual fueron tomadas en un pasado del que ya se concienció que nunca más volverá. Sentía que le estaba escudriñando desde la pared, encuadrado en listones sobrios: su abuelo, quizás el mejor que podía personificar estos pensamientos en su mente. A pesar de estar ausente ya más de una década, siempre lo consideró un ejemplo a seguir. La metástasis acabó ganándole la guerra de la vida, pero de las batallas previas salió invicto, sin que le mermaran las ganas de seguir viviendo tal y como él la concebía: puro dinamismo y actividad.
            En ese instante se levanta del sofá, desandando el suelo de gres, para cruzar el umbral de la puerta de la cocina. Toma una taza del merchandaising charro, y se prepara una taza de café con leche humeante, tradición que heredó en línea descendente, de abuelo a madre, y de madre a él mismo. Mientras tanto, era consciente que el tema melódico de esta última sección estaba siendo repetido por la cuerda más grave del grupo orquestal, después por el metal encabezado por las trompas, yendo in crescendo en tempo y tomando velocidad, arribando a un breve pasaje basado en la fragmentación del motivo melódico en la que sobresalen las maderas. Estaba llegando al final de la vida, estaba llegando a la muerte.
            Trompas, trompetas y trombones anuncian ese final, un final que se ha ido afrontando sin miedo, aunque sin obviar los temores propios del cierre de la historia. Un final que se espera sin pavor. La obra enuncia la sabiduría que ha alcanzado la persona en todos sus años, una sabiduría no basada tanto en el conocimiento, sino en el amable y humano acercamiento a la vida y a la muerte. Podría llegar a ser paradójico, pero es la solemnidad, la grandiosidad de haber llegado a este punto de la existencia, asumiéndolo sin resignación, con orgullo y satisfacción.

            El trino de las maderas, acomodado en las terceras ascendentes de las cuerdas, le dirige al tema inicial. La coda, la misma parte musical de la sección inicial. Gracias al compositor, regresó al momento presente, al “hoy”, al “ahora”. De nuevo, el brillante metal le recuerda que no se puede descuidar el presente. Y es que, si tenía conciencia de lo que era la vida, de cómo se desarrollaba ésta, sabía que no podía quedarse rezagado en la retaguardia del pasado, al igual que tampoco podía adelantarse al futuro.
            ¿Cómo proceder?
            ¿Construyendo día a día, su vida, su futuro?
            Mientras que el húngaro recurrió a tres notas que le sirvieron como excusa para diseñar una pieza programática, él, como protagonista de su vida, con sus pequeños actos cotidianos, irá completando su historia, a través de las distintas etapas de la vida.  



Fecha de creación: Diciembre de 2011.
Fecha de re-edición: Junio de 2014.



viernes, 16 de mayo de 2014

No existe la gama de grises

No existe la gama de grises.
Las artes plásticas lo recogen en sus tratados, al igual que los libros de texto escolares, que el gris es un continuo que va desde el blanco hasta el negro, y desde éste hasta el blanco. En función de la saturación de un color u otro, podemos obtener el gris que más se ajuste a nuestras pretensiones.
Mi día a día también queda impregnado de una escala de grises, o eso me hacen ver las teorías, formulaciones y principios de intervención psicológicas. No es así. Es un error. Día tras día refuto todas las hipótesis. Y es que en mi día a día no contemplo ese equilibrio.
¡Qué estupidez ésta la de comparar el blanco y el negro con los estados emocionales! Efectivamente, pero cuando haces del asiento de un medio de transporte el lugar por excelencia donde recuperar las horas de sueño que el despertador te arrebata, las reflexiones que dan el pistoletazo de salida a partir de las diez de la noche no pueden ser demasiado sensatas. ¿O sí?
Porque…
… ¿quién no ha vivido un período de su vida, un instante de la misma (o lleva viviendo así desde que tiene cierta madurez) en que sufre una guerra interna entre dos grupos rivales, dos potencias enemistadas como son la razón y el instinto?
Lectores que os hayáis detenido en este espacio y vuestra respuesta haya sido negativa. Enhorabuena por vosotros, me congratulo de vuestro equilibrio mental. Ahora bien, resto de mortales, quizás con estas líneas os sintáis identificados, mas no podré ofreceros solución alguna, ya que el intrusismo laboral es una praxis mal vista en esta sociedad tan moral.
La razón ¡oh! ¡Tú que pretendes llevarnos por el buen camino! ¡Tú, que con tus sabios y oportunos consejos, tratas de hacernos hombres de provecho! Tú, que nos recitas día tras día, minuto tras minuto, qué es lo que tenemos que hacer, cómo lo tenemos que hacer, por qué lo tenemos que hacer, cuáles son las consecuencias de vulnerar las reglas.
Tú, razón, sombra de día y de noche, que sólo te preocupas por mantenernos en el camino correcto, deseado, admirado, loado por todos los que esperan que no seas la oveja descarrilada. Razón, fuerte como tú misma que, en cuanto no sigo tu criterio dictatorial, me privas de mi ociosidad, y cargas sobre mí el castigo de la conciencia. Castigo, por dejar pasar el tiempo, por no hacer lo correcto, por haberme inmiscuido en actos deleznables…
Razón, deja que al menos escriba algo sobre el instinto.
Instinto. Sí, tú. Despierta. Ahora la razón, aunque sigue latente, le he pedido que te expreses.
(Manifiesto del instinto)
“Quédate cinco minutos más en la cama. No vayas a trabajar. Quédate en casa. Si te apetece ese cigarro, ¡fúmatelo, pero ya! Busca tus momentos de intimidad en el baño. Encuéntrate con tu sexo.  Escríbele, que lo estás deseando. ¿Te dijeron de salir de fiesta? ¡Accede! Y nada de volver a las dos o a las tres porque la pesada conciencia, voz de la razón te diga que mañana tienes que madrugar… No vayas a esa clase: la temperatura casi estival invita a que te tumbes en el césped, acompañado de cerveza, o vino, ¡o ambos!”
Instinto, te has excedido. Pero tienes razón. Sí, tú eres el que tratas de dirigirme por los caminos del placer, siempre con argumentos sólidos tales como “Si no lo haces ahora, ¿cuándo lo harás?” “Mañana será demasiado tarde, ¡hazlo ahora!” “El que no arriesga, no gana”… y así hasta conducirme hacia un terreno de exaltación, de júbilo, de alborozo, de euforia; perdiendo la noción del tiempo, la responsabilidad en mis deberes, la sensación de control. Contigo, por los poros de mi piel, segrego regocijo, excitación, serotonina,…
Hasta el momento en que tú, instinto, me abandonas, y se apodera de mí la razón:
“Inútil, más que inútil. ¿Qué has conseguido con las tres copas de más que ingeriste ayer? Cefaleas tensionales, que te incrementan porque sabes que ahí, sí, ahí, sobre el escritorio, reposa tu futuro, al que le diste anoche la espalda por las risas y las patrañas de tienda de ultramarinos…
“No sé cómo no te da vergüenza el que tú, hombre maduro, hayas permitido quedarte holgazaneando en la cama, cuando todo el mundo está atendiendo sus deberes, está haciendo frente a los problemas de la vida, mientras tú decides huir de ellos y escudarte en una sábana de algodón que es igual de frágil que tu valentía para dar solución a los rompecabezas de tu vida…”
Y mientras tanto, intento juntarme con vosotras, razón e instinto, y  sellar conjuntamente una Paz de Versalles, para que me dejéis vivir conforme, ¿a qué? ¿A lo que me salga de mis entrañas? ¿A lo que mi cognición me prescriba?

La gama de grises no es capaz de guiar nuestra vida… 

sábado, 29 de marzo de 2014

No corren tiempos buenos...

No corren tiempos buenos para la economía. No hay más que poner la televisión, coger un periódico, abrir la aplicación del móvil o la tablet para saber que, por muy bien viento en popa vayan los indicadores macroeconómicos, las variables de la calle están sufriendo sus peores días. ¿De qué le sirve a un parado conocer el saldo positivo de una de las empresas de la bolsa de nuestro país, cuando ha de hacer malabares para sobrevivir con un puñado de euros (si es que se los han concedido por piedad)?


Tampoco corren tiempos buenos para la sociedad. Los valores de libertad, igualdad y fraternidad, que hace unos tres siglos fueron una verdadera vanguardia en algunos países occidentales, hoy en día sólo quedan imprimidos en legajos, incapaces de convivir con las personas que conforman la sociedad. ¿Qué quiero expresar ante la ciudadanía mi derecho a reivindicar un puesto de trabajo justo y digno, en el que no me explote un jefe que, día tras día, él va siendo a costa de mi trabajo, un poco más rico gracias a mi trabajo mal remunerado? ¿Qué quiero ser atendido en un sistema sanitario que me dé cobertura en todo aquello que precise? ¿Qué quiero contraer matrimonio con la persona del sexo que más me atraiga? Da igual, tienes que callarte y seguir viviendo. Y las leyes son tan bonitas, tan bien redactadas, tan bien encuadernadas, como nuestra Carta Magna, para que luego se apliquen en concretas ocasiones. Porque ¿acaso los ciudadanos somos iguales ante la ley? ¿Qué es de esa persona a la que desahuciarán en unos pocos días? ¿Qué es de aquel niño que no puede ir a la escuela por no poder su familia costearse el material que requiere para las clases?



Tampoco corren tiempos buenos en su vida. Sus cuatro horas y media de sueño (que no de descanso) diarias se quedan cortas para sus fuertes jornadas de mucho trabajo y poco salario. Y llega cada noche a su casa, hastiado de pasar horas y horas frente a un trabajo prácticamente deshumanizado, y se encierra en su habitación. Se quita la americana, se desanuda la corbata, y se tumba en la cama, cerrando los ojos, oyendo su respiración y moviendo los brazos, como si le buscara, como si acaso le encontrara por suerte o casualidad, cuando sabe que, una noche más, dormirá sólo. Su cama se le quedará grande, e intentará llenarla con los sentimientos que podría dedicar al prójimo. Mirará su móvil, y no tendrá ni una llamada perdida, ni un mensaje de texto interesándose por su estado anímico, por su bajo nivel de fuerzas, deseándole lo mejor para el próximo día.  Dormirá sólo y se levantará sólo. Porque nadie, en esta sociedad, no se sabe si por la crisis de valores o por esos indicadores económicos, quiere comprometerse con nadie. E inmerso en esa crisis económica, en esa crisis de valores de la sociedad, en esa crisis existencial suya, dará un sordo golpe al despertador, se dirigirá a la cocina, encenderá la radio, y comenzará a desayunarse. Siempre sólo, siempre sólo. 

domingo, 23 de marzo de 2014

Insomnio

02:45 horas. Septiembre, noche de insomnio. Ni las infusiones, ni la serena noche estival consiguen amainar la inquietud de sus pensamientos. Sudoroso y desaliñado, decide hacer una inflexión en el transcurso de su vano intento de atrapar el anhelado sueño, que le permite enfrentarse a un nuevo día de su (¿insignificante?) vida. Su cama sólo queda ocupada por él. “Una noche más sólo”, se dice amargamente. Y es que, los fracasos también estaban presentes en su vida sentimental. Primero un pie, luego otro y, ambos en contacto con el templado parquet, le impulsan a dirigirse al baño. Se enjuga la cara del sudor, se peina su caótico pelo (caótico, como su existencia), y decide complementar su bóxer con una camiseta holgada y un short veraniego. Con las gafas puestas, busca por el salón las llaves del coche. Sentía que tenía que hacerlo. El impulso era mucho más fuerte que su razón.
Acomodándose en el asiento, enciende el reproductor, y comienza a escuchar ese concierto para piano y orquesta de un compositor igual de rancio y amargado que él. Arranca el motor, atraviesa la puerta del garaje y, sin un rumbo concreto, comienza a discurrir por esa carretera comarcal angosta, con la esperanza de llevarle a la solución de sus divagaciones. Parcheada, los vaivenes no hacían sino acrecentar su tensión, su disgusto, su ira, su rabia, su dolor. Y es que, cualquier cosa que ocurría alrededor de él suponía la excusa perfecta para malhumorarse. Inatento y apático, cambiaba las marchas: primero tercera, luego cuarta, quinta después. Límite de velocidad permitido: noventa kilómetros hora. Velocidad del contador: ciento veinticinco. Esa era su vida: velocidad, prisas, desasosiego, carreras infructuosas que dejaban huella en un cuerpo endeble y una mente traspasada por lo acaecido en sus últimas semanas.  
“Maldita sea”, se decía una vez más. “Otra vez se han vuelto a reír de mí”. Se lamentaba y auto-inculpaba una y otra vez. “Nunca voy a aprender en esta vida”. Es verdad, nunca aprenderá. Nunca aprenderá lo realmente importante, pues vive ajeno a su realidad. Un mundo en que el compromiso queda reducido a un par de encuentros esporádicos. Una vida en la que era más que cuerpo, tasado por los demás, y su espíritu, el accesorio a desechar. Kilómetro setenta y cinco: giro de volante, y penetración en la vasta llanura. Para el motor, coge el freno de mano vigorosamente, y baja del coche. La brisa intensifica el frescor de sus lágrimas que discurren por su demacrado rostro. Saca de la pitillera un cigarro, se sienta en el capó del coche, y dirige su mirada al cielo estrellado. Se siente más sólo que nunca, como un náufrago que haya perdido todo, pues la esperanza, su fiel compañera, había decidido en días anteriores no seguir con él. Ya no le bastaba el tópico “Sé que vendrán tiempos mejores” o “de ésta se sale”.  Desilusionado, sí. Esa era la palabra que mejor podía describir su estado emocional. Sentía haber recorrido toda una vida, cuando apenas superaba la veintena. Los golpes recibidos en su infancia y adolescencia habían sido intensos, pero los últimos fueron de tal calibre, que quedaba cual púgil esperando en el cuadrilátero que anunciaran su derrota.
“¿Qué me deparará el mañana, que ya es hoy? ¿Acaso tengo ganas de saber qué me guarda el futuro próximo?” Y no sabía que su futuro sería incierto si no se labraba el presente de otra manera. “Respétate, valórate. Da relieve a tus múltiples cualidades y capacidades, y no hagas del rechazo de los demás tu estilo de vida”, se decía. Y, agotado por su maratoniana sesión reflexiva, cayó en un sueño profundo, recostándose sobre el coche, hasta que la vespertina luz del alba comenzó a bañar su moreno rostro.
Metido ya en el coche, deshizo el camino que recorrió no más que un par de horas atrás. Llegó a su apartamento, dejó caer las llaves sobre el taquillón, y recorrió el pasillo con desgana. No esperaba encontrar nadie en su cama, que le hiciera compañía. Y así, comenzó otro día de su existencia: durmiendo, sin querer saber nada del mundo que le rodeaba. Otro fracaso más tenía que apuntarse.