Me tiembla el pulso. En realidad, mi inconsciente es muy
inteligente, y no quiere que meta la llave por la cerradura. Abrir esa puerta,
cruzar el umbral, y desandar el pasillo que me llevará a la habitación de
escasos metros cuadrados, ocupada por una cama de ochenta y cinco centímetros y
unos pocos muebles de calidad Ikea.
Una cama que se me quedará grande. Una cama en la que tú no
dormirás hoy. Una habitación en la que no te encontraré al llegar a casa.
Es un hecho. Te acabas de marchar. No han pasado ni tres
horas desde que salí del Aeropuerto, abrumado por un crisol de emociones a las
que no sabría ponerles nombre -en parte, por el tiempo que transcurrió desde la
última vez que las experimenté- y estoy tratando torpemente de recoger con un
cepillo y un recogedor los trozos de felicidad que han quedado en mi habitación,
junto con algún kleenex y el envoltorio de la tarjeta de videojuegos que te
compraste conmigo.
No sé qué hacer en estos momentos. Me siento paralizado. Me
encantaría ordenar la habitación, pero mi cuerpo me pide tirarme a la cama.
Respirar la fragancia de tu piel que dejaste impregnada en las sábanas.
Arroparme con ellas. Apagar la luz. Cerrar los ojos. Dormir.
Es inútil. Hoy no podré conciliar el sueño tan fácilmente.
Y queda descartado tomarme una tila, un milagro herbáceo marca blanca, una
benzodiacepina, o cualquier combinado en la barra del bar de la esquina,
escuchando las desgracias emitidas por una televisión de plasma, ahogadas por
el sonido penetrante de la máquina tragaperras cuyas teclas son golpeadas por
un viejo desdentado. Prefiero no dormir. Prefiero coger un papel, un bolígrafo,
y dibujar con mi caligrafía el pasado que hemos vivido juntos y el futuro que
me espera a tu lado, mientras consigo que la tinta se corra con la caída en
libre de una lágrima. Y, con algo de suerte, caeré en la cama, abrazando a la
nada, o a mi perro de peluche, que se ha prestado a sustituirte, aunque le he
dicho al oído que no le quiero más que a ti.
Me he recortado la barba, ¿sabes? No lo he hecho por romper
la promesa que te hice, ni tampoco porque me molestara, sino por una entrevista
que tendré mañana. La máquina tiraba de mis pelos provocándome un dolor
ridículo. En pocas horas me he visto despojado de tu presencia, y hace unos
instantes de mi barba, sintiéndome indefenso, vulnerable, atemorizado por el
mañana. Un mañana en el que, obviamente, no estarás junto a mí.
Podría seguir escribiendo. Sigo sin tener sueño. Y la
opción de las benzodiacepinas está tomando más fuerza. Pero no quiero drogarme
cuando sé que la mayor droga eres tú. Porque ni el éxtasis, ni el LSD, ni
cualquier otra droga de diseño, puede provocar lo que tú has incitado en mí
estas últimas semanas. Ni la subida en la noria -¿te acuerdas?- en la feria
puede servir como aproximación a lo que has despertado en mí.
Y ahora comienzo a ser víctima del llamado “síndrome de
abstinencia”. También de una inestabilidad emocional -apelemos a ella como “neuroticismo”-
que se agudizará en los momentos en que recorra los rincones del Madrid que te
quise mostrar y que, cuando vuelva a pasar por ellos, mis labios dibujarán la
más nostálgica de las sonrisas y mis ojos se verán incapaces de derramar
lágrimas. Y recordaré la foto que me pediste que te hiciera ante la Puerta de
Alcalá, la que te tomé en “Tiempos Modernos” con mi camiseta de rayas, o el banco
en el que nos sentamos a descansar en los Jardines de Sabatinni, sin pasar por
alto las baldosas que pisamos por el Barrio de Salamanca la primera noche en
que te llevé a mi casa, mientras nos besábamos sin ser conscientes de que el
paso del tiempo es el arma que más dolor puede proferir a dos personas que se
quieren sin condiciones.
Y, lo mejor de todo, es tener la esperanza de cerrar el paréntesis
que se ha abierto en el momento en que has atravesado el arco de seguridad del
aeropuerto. Porque sé que estoy viviendo en una cadencia que no se ha resuelto
todavía, en el desarrollo de un primer movimiento de Sinfonía que busca llegar
a la reexposición, en una trama argumental que anhela el final feliz de toda
historia feliz.
-Quedo eternamente en deuda contigo. Sí, contigo. Tú has
sido fiel conocedora de cada página de esta historia. De mis ilusiones y
temores. Por ello, una vez más, te doy las gracias.-
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