Paulatinamente,
el sol iba perdiendo la batalla. Un día más, la noche obtendría la victoria
frente a su rival diurno. Estaba allí, sereno, apaciguado, respirando la paleta
de tonos ocres que la tarde de un prematuro equinoccio de otoño me ofrecía
desinteresadamente.
Sentado
en una roca, bajo la ampulosa copa de una centenaria encina, observaba
detenidamente cómo la sombra del árbol adquiría dimensiones mayores, hasta que
quedaba dormida en la oscuridad de un manto de cereales e hierbas silvestres.
En
el momento de exhalar la última bocanada de cigarro, una huesuda mano se apoyó levemente
sobre mi hombro. Como si de un instinto primario y animal se tratara, eché su
espalda violentamente hacia delante, tratando de desembarazarme de la mano,
cuando de repente, me vi en mi cama, tendido boca arriba, emanando sudor por
los poros de mi piel.
Otro
sueño frágil. Ya no sabía cuántos habían sucedido aquella noche en la que lo único
que parecía perdurar era el monótono llanto de un cielo encapotado y la desesperación
por no ser el elegido por Morfeo para tener un sueño no ya longevo, sino al
menos satisfactorio.
Eran
ya muchas las noches en las que seguía aplicando el inútil y falaz protocolo
que me garantizara un puñado de horas de sueño en fase REM. Igualmente, eran ya
muchas las noches en que me retorcía en la cama, suplicando a mi almohada, al
somier y al la puñetera pintura blanca que me vigilaba desde el lado opuesto de
la cama, que se aliaran conmigo para resolver la inaguantable sensación que me
tenía atado de pies y manos, que me presionaba el pecho, que me azotaba con un
látigo de cuero la cabeza.
Era
imposible. La sensación no era más que producto de un conglomerado de
sentimientos y pensamientos que no sabía cómo etiquetar. Solo sabía que la
alexitimia me nublaba el juicio y me amordazaba la boca, sin ser capaz de
expresar mi estado actual. Era la falta de raciocinio, o la excesiva emotividad
que dirigía mi vida, una u otra, las responsables de la debacle de mis últimos
días a la que estaba asistiendo.
Una
vuelta. Otra vuelta. Miraba el gotelé
de la pared, sintiendo unas terribles ganas de arrancarlo con mis uñas, víctimas
de la onicofagia nerviosa. Arrancar los recuerdos que quedaban en las paredes,
celoso de que otro arrendatario fuera conocedor de los tiempos de bonanza y
miseria vividos en la minúscula habitación.
Volvía
a taparme con la sábana, la manta y el edredón, a pesar de la alta temperatura
que había alcanzado mi cuerpo. En su refugio me sentía seguro. Murmuraba al
embozo de la sabana, lo retorcía cuando trataba de argumentar mi nefasta
coyuntura, y lo arrojaba contra la pared cuando me desesperaba. “Maldita sea”,
es lo único que acertaba a decir. Eso, y el “por qué a mí”, o “qué he hecho o
qué hago mal”.
No
tengo necesidad de buscar jueces que emitan mi sentencia. Yo soy el mejor de
todos ellos, equilibrando, eso sí, la balanza a mi desfavor. Tampoco busco
psicólogos que traten de definir mi estado enfermizo. Yo me redacto los
diagnósticos sin necesidad de asistir a un gabinete. Mis terapias se han reducido
a deambular por las estancias de mi casa, abriendo la puerta de cada una de
ellas, y soñando, ¡iluso de mí!, que allí seguías.
La
terapia se combina con contar los días que me quedan para despojarme de la ropa
de invierno y los temores, con unos tragos a cervezas de lata y caladas a
cigarrillos frente a la pantalla de este ordenador, que se ha convertido en la
ventana por la que accedo a tu nueva realidad, esa que te hace sentir eufórico,
pero también te enerva cuando las circunstancias son disonantes.
Me
enseñaron a tener paciencia. Pero se me ha agotado. Imploro a Dios, a la Virgen, al Karma y a los miembros de mi
árbol genealógico, para que me cedan un puñado que me hagan más llevadero estos
días. Busco reservas en los bolsillos de la americana, en las vueltas del
pantalón de pitillo, y entre las carpetas de las asignaturas de la licenciatura.
Nada. No la consigo. Vanos intentos.
La
lluvia amaina, el cielo se ha desahogado. Son las tres de la madrugada.
Heroicamente me siento algo más agotado, sin haber llegado a ninguna
conclusión. En un recoveco de mi mente suena esa línea melódica que reproduzco
para llegar a la meta de la noche. Parece que lo consigo. Sí. La voz interna se
ha callado, y sin articular mantra alguno, saboreo un sueño con una vida de cinco horas.
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