I just can't escape my thoughts

I just can't escape my thoughts

domingo, 24 de mayo de 2015

Sin título. Obra recién comenzada. Volumen 26.

Los niños pierden la ilusión cuando se enteran de que los Reyes Magos no existen. Mi ilusión se esfumó a los meses de alistarme en una relación sentimental. Los niños, a pesar de ello, aguardan cada Navidad para recibir sus regalos, arrancar envoltorios con colores intensos y sonreír al ver que sus deseos se cumplieron. Yo, en cambio, llego a casa sin ganas de recibir una muestra de cariño y de afecto, y por supuesto de corresponderla. Porque el amor, al igual que mi ilusión, fueron tragadas por la fuerza del agua, adentrándose por el sumidero de la bañera día tras día, junto con la espuma, algún que otro pelo, una líbido a la altura de mis pies y una apatía de Ph neutro y glicerina.
No hay peor error por parte del ser humano en negar lo innegable, en querer desviar la mirada y la atención hacia un foco distinto al de donde se encuentra el problema, en contener la respiración para no oler más la mierda que pisas, que te salpica el rostro, y te mancha la ropa y el alma. A mí me encanta cometer errores. Tengo algún rasgo de personalidad que me invita a errar todo lo posible y más, o quizás no funciona bien mi corteza prefontal, área del cerebro encargada de los procesos de toma de decisiones, entre otras funciones. Sí, yo creo que debe ser eso. Un fallo cognitivo o de personalidad que me induce a cometer errores, cada vez más insalvables.
Porque nunca fui profeta de la perfección personal. ¿Que traté de alcanzarla? Sí, por supuesto, dado que soy hombre de retos. Pero hacer acopio de las cualidades mejor valoradas en esta sociedad tan exigente puede llevarte a la firma de tu propia derrota, sellando un armisticio no en Versalles, sino en el retrete de tu casa. Teniendo este conocimiento, dirigí mis esfuerzos en ser una persona lo que se dice común, sin tratar de destacar, aunque lo conseguí para ti. El comienzo de la ecuación parecía perfecta, un equilibrio imperturbable entre ambos lados de la igualdad. Tú. Yo. Sin embargo, cuando tratamos de despejar la incógnita del futuro era demasiado compleja: un número negativo, una raíz cuadrada, un número irracional, un géiser de acusaciones, un movimiento de placas tecnónicas y un desplome de mi integridad personal. La ecuación se transformó en una inecuación.
Una inecuación que se resiste a ser resuelta satisfactoriamente. Tomamos hojas en blanco, sacamos punta al lápiz, y comenzamos a formular distintas soluciones. La punta se quiebra, el grafito no es lo suficientemente intenso como para distinguir el trazo del inmaculado papel, no recordamos cómo despejar incógnitas, nos resultan ajenas expresiones como “más que”, “menos que” o “igual que”,… y al final, fruto de la ira, arrugamos la hoja, hacemos con ella una bola, y tratamos de encestarla en la papelera, acción vana, pues cae a escasos centímetros de su destino esperado.
No sabemos resolver inecuaciones, porque no nos enseñaron a resolverlas. Piden tener conocimientos específicos, competencias, como ahora se acostumbra a decir, que no es más que la convergencia de conocimientos, habilidades, destrezas, actitudes y otros factores psicológicos. También es necesaria la ilusión que esconde el despejar la incógnita, junto con la motivación (intrínseca, a ser posible), pero recuerdo que mi ilusión se fue por el sumidero de la bañera. Al menos la mía. Y tengo muchos conocimientos en álgebra, pero no me siento con ganas de seguir aplicándolos para lograr la resolución de expresiones matemáticas.
Tú tomas la bola de papel arrugada – sí, aquella que no fue depositada en la papelera – la aprietas con una falsa templanza, y comienzas a apretarla con la ayuda de tu mano. No contento con tirármela y ver que no me hace daño alguno, tomas el plumier. Sacas los lápices perfectamente colocados, y me das con ellos. Me los arrojas a mi cara. Caen al suelo, pudiéndose percibir un efecto sonoro bello y delicado cuando ruedan por el suelo. Y los vuelves a tomar, con un mayor ahínco, y me los clavas en mi piel, me los introduces por mis fosas nasales, por mi boca. Y yo, teniendo la solución en un holograma mental, caigo en el mutis, brindando conmigo mismo por la resistencia y el fin de la trama con agua de clemencia endulzada con piedad.
Y acabo derrumbándome. Porque soy frágil, aunque siempre camine por la vida con mi armadura. Porque soy compasivo, y te cedo la solución que encontré a la inecuación. Porque soy humilde, y reconozco que no operé bien al principio. Pero ya es tarde. No sirve de nada escribir la solución sin haberla meditado conjuntamente.
Al final acabo comportándome como un púber rebelde, que no quiere dar explicaciones a sus figuras paternas, ni tampoco quiere continuar estudiando. Aboga por el absentismo. Yo, púber rebelde, me cierro en mí mismo, porque desde hace tiempo dejé de sentir interés en leerte la mente y hacer estúpidas reseñas, estudiar la anatomía de tus pensamientos, a resolver los problemas de las clases de álgebra afectivo-emocional y de probabilidad siendo “x” la variable aleatoria “manipulación” bajo un ensayo de Bernoulli; a dibujar tu figura histriónica a carboncillo o con acuarelas, a componer acordes para preludios anunciadores de finales, a hacer esquemas sobre la historia de tus lagunas personales.
Y saldré mañana a la calle, con un sentimiento ambivalente y confuso. Veré el espíritu de Festinger a lo lejos, advirtiéndome de la disonancia cognitiva en la que me he embarcado. De un lado estará el temor y el miedo a las críticas, a los juicios de escaso fundamento y alta visceralidad, a poder ser lapidado por tus secuaces; de otra parte veo un haz de esperanza, de cambio, de reencuentro conmigo mismo. Cruzaré cabizbajo el umbral de la puerta, a la altura del Río Mapocho me erguiré, y al llegar a mi puesto de trabajo la brisa fría de un mayo otoñal me hará revivir.

Queda mucho por vivir a este lado del charco. La aventura no finaliza aquí. Comienza lo verdaderamente esperado. Mi ilusión no se me escapará por la bañera. 

sábado, 28 de febrero de 2015

Atiquifobia. Miedo al fracaso.

Qué es el fracaso. Quién es el fracaso. 
Son dos cuestiones que me acechan durante los últimos días. 
Son mi sombra. Me atrapan. No me dejan avanzar, y si lo hago, la distancia que avanzo es tan fútil, tan insignificante, que ni merece la pena esforzarse; es mejor rendirse ante el fracaso, y que te deje inmóvil, aliarse con él, convencerte de que él es quien ganó, una vez más.
Puedo definir a la perfección qué es el fracaso, a pesar de que yo soy el fracaso. 
En las tibias mañanas me espera al otro lado del espejo, y al cruzar la primera mirada, un odio impacta sobre nuestros respectivos ojos, y un rencor acentúa nuestra silueta. 
Nos recriminamos mutuamente todos los errores, todas las decisiones precipitadas, todas las acciones impulsivas; nos escupimos rabia recíprocamente, y acabamos lamentándonos de nuestros propósitos y metas fallidas, lanzadas al precipicio de la incapacidad. 

Antes me hacía la pueril e ilusa pregunta: “qué habré hecho para merecer esto”; sin embargo, ya no hay preguntas, solo aseveraciones tales como “sabías desde el primer momento que esta situación te quedaba demasiado holgada"; “realmente no sabes dónde están tus límites; o sí, sí lo sabes, mas no quieres reconocer que éstos son tan pequeños, que te impedirían dedicarte a cualquier cosa que te gustase”. 
Me he dado cuenta que es inútil perderse en preguntas con respuestas autoinculpatorias. En ellas no se esconde la solución al galimatías de mi vida. 
Este argumento no me sirve de nada. No me permite avanzar. No sé qué hacer. Si no sirve de nada culparme de mis errores, ¿qué debo hacer? 
¿Será acaso más útil - y productivo - pensar en un futuro mejor? 
Pero, ¡cómo ver mi futuro mejor, si estoy enfangado de mierda! 
Me asfixio en esta maldita realidad llena de trámites burocráticos lentos e ineficaces; una realidad con tan poco dinero, que ni puedes tomarte unas cervezas con alguien con quien poder intercambiar impresiones de la vida; una realidad que te golpea fuertemente contra las paredes de la casa, te hace tropezar, contribuye a tu desgaste, y coacciona a que te rindas. 
Hoy me he levantado de la cama con un sabor amargo. Me hubiera gustado haberme quedado en ella todo el tiempo que hubiera sido posible, y continuar desarrollando unos pensamientos que van dirigidos hacia el fin del todo. Últimamente mi mente se ve anegada por una motivación: poner broche a mi historia. 
No sé cómo hacerlo. 
Tengo miedo. 
Cuando cavilo sobre algún procedimiento de autodestrucción, sopeso sus consecuencias sobre mi persona, y al final acaba imponiéndose un mantra: 
"¡en absoluto!" 
Es como si se resolviera una cadencia que estaba inconclusa durante varios compases. 
Y siento un insight, un breve lapso de lucidez. Y encuentro la respuesta a mis males: 


Nunca fui partidario de las etiquetas, aunque reconozco que son muy útiles, pues nos permiten operar con mayor eficacia en este mundo, nos ayudan incluso a poder anticiparnos. 
Atiquifobia.
Miedo a cometer errores o fracasar. 
Pero, cuando ya has fracaso, ¿qué nombre puedo darle a ese sentimiento, o a esa comorbilidad de sentimientos? 

¿Habré ya fracasado?

Casualmente, recibo un WhatsAap de la persona que más quiero, y que más necesito en estos momentos. El mensaje decía lo siguiente: 
"Llevo todo el día acordándome mucho de ti, hijo mío - efectivamente, era de mi madre - pero yo le pido a Dios que te ayude y que nunca pierdas la esperanza, la ilusión y la fuerza. Porque sé, hijo mío, que eres un luchador y un valiente y sé que vas a recoger el fruto deseado porque te lo mereces. Te quiero mucho."
Burst into tears. 
Catarsis emocional. 
Resolución del conflicto interno. 
Voy al baño, me estaba esperando. Nos miramos. Acabamos riéndonos. Respiramos hondo. No somos unos fracasados. Ya no hay odio ni rencor. Hay miradas vigorosas, desafiantes ante un futuro que puede que no sea el soñado en un tiempo anterior, pero sí puede ser bastante prometedor. 
Y nos prometemos mutuamente, que no volveremos a sentirnos así, aunque las promesas en personas lábiles son bastante cuestionables. 
Casualmente tengo algo de sencillo en el monedero. Es hora de acicalarse un poco, cambiar de ropa, y salir a la calle. Sentir el aire fresco de una tarde que trata de vivir, llevar un buen libro en la mochila, escuchar música, abrir la boca ante un espacio desconocido, cruzar las calles velozmente, mirar a la gente a los ojos, ir con la frente bien alta, sentir correr por tus venas el orgullo de ser quien eres.