Qué es el fracaso. Quién es el
fracaso.
Son dos cuestiones que me acechan durante los últimos días.
Son mi
sombra. Me atrapan. No me dejan avanzar, y si lo hago, la distancia que avanzo
es tan fútil, tan insignificante, que ni merece la pena esforzarse; es mejor
rendirse ante el fracaso, y que te deje inmóvil, aliarse con él, convencerte de
que él es quien ganó, una vez más.
Puedo definir a la perfección
qué es el fracaso, a pesar de que yo soy el fracaso.
En las tibias mañanas me espera al otro lado del espejo,
y al cruzar la primera mirada, un odio impacta sobre nuestros respectivos ojos, y un rencor acentúa nuestra silueta.
Nos recriminamos mutuamente todos los
errores, todas las decisiones precipitadas, todas las acciones impulsivas; nos escupimos rabia recíprocamente, y acabamos lamentándonos de nuestros propósitos y metas fallidas, lanzadas al precipicio de la incapacidad.
Antes me hacía la pueril e
ilusa pregunta: “qué habré hecho para merecer esto”; sin embargo, ya no hay
preguntas, solo aseveraciones tales como “sabías desde el primer momento que
esta situación te quedaba demasiado holgada"; “realmente no sabes dónde están tus
límites; o sí, sí lo sabes, mas no quieres reconocer que éstos son tan
pequeños, que te impedirían dedicarte a cualquier cosa que te gustase”.
Me he dado cuenta que es inútil perderse en preguntas con respuestas autoinculpatorias. En ellas no se esconde la solución al galimatías de mi vida.
Este argumento no me sirve de nada. No me permite avanzar. No sé qué hacer. Si no sirve de nada culparme de mis errores, ¿qué debo hacer?
¿Será acaso más útil - y productivo - pensar en un futuro mejor?
Pero, ¡cómo ver mi futuro mejor, si estoy enfangado de mierda!
Me asfixio en esta maldita realidad llena de trámites burocráticos lentos e ineficaces; una realidad con tan poco dinero, que ni puedes tomarte unas cervezas con alguien con quien poder intercambiar impresiones de la vida; una realidad que te golpea fuertemente contra las paredes de la casa, te hace tropezar, contribuye a tu desgaste, y coacciona a que te rindas.
Hoy me he levantado de la cama con un sabor amargo. Me hubiera gustado haberme quedado en ella todo el tiempo que hubiera sido posible, y continuar desarrollando unos pensamientos que van dirigidos hacia el fin del todo. Últimamente mi mente se ve anegada por una motivación: poner broche a mi historia.
No sé cómo hacerlo.
Tengo miedo.
Cuando cavilo sobre algún procedimiento de autodestrucción, sopeso sus consecuencias sobre mi persona, y al final acaba imponiéndose un mantra:
"¡en absoluto!"
Es como si se resolviera una cadencia que estaba inconclusa durante varios compases.
Y siento un insight, un breve lapso de lucidez. Y encuentro la respuesta a mis males:

Nunca fui partidario de las etiquetas, aunque reconozco que son muy útiles, pues nos permiten operar con mayor eficacia en este mundo, nos ayudan incluso a poder anticiparnos.
Atiquifobia.
Miedo a cometer errores o fracasar.
Pero, cuando ya has fracaso, ¿qué nombre puedo darle a ese sentimiento, o a esa comorbilidad de sentimientos?
¿Habré ya fracasado?
Casualmente, recibo un WhatsAap de la persona que más quiero, y que más necesito en estos momentos. El mensaje decía lo siguiente:
"Llevo todo el día acordándome mucho de ti, hijo mío - efectivamente, era de mi madre - pero yo le pido a Dios que te ayude y que nunca pierdas la esperanza, la ilusión y la fuerza. Porque sé, hijo mío, que eres un luchador y un valiente y sé que vas a recoger el fruto deseado porque te lo mereces. Te quiero mucho."
Burst into tears.
Catarsis emocional.
Resolución del conflicto interno.
Voy al baño, me estaba esperando. Nos miramos. Acabamos riéndonos. Respiramos hondo. No somos unos fracasados. Ya no hay odio ni rencor. Hay miradas vigorosas, desafiantes ante un futuro que puede que no sea el soñado en un tiempo anterior, pero sí puede ser bastante prometedor.
Y nos prometemos mutuamente, que no volveremos a sentirnos así, aunque las promesas en personas lábiles son bastante cuestionables.
Casualmente tengo algo de sencillo en el monedero. Es hora de acicalarse un poco, cambiar de ropa, y salir a la calle. Sentir el aire fresco de una tarde que trata de vivir, llevar un buen libro en la mochila, escuchar música, abrir la boca ante un espacio desconocido, cruzar las calles velozmente, mirar a la gente a los ojos, ir con la frente bien alta, sentir correr por tus venas el orgullo de ser quien eres.
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