I just can't escape my thoughts

I just can't escape my thoughts

lunes, 29 de septiembre de 2014

Vómito. Calma. Insomnio.

Me tiembla el pulso. En realidad, mi inconsciente es muy inteligente, y no quiere que meta la llave por la cerradura. Abrir esa puerta, cruzar el umbral, y desandar el pasillo que me llevará a la habitación de escasos metros cuadrados, ocupada por una cama de ochenta y cinco centímetros y unos pocos muebles de calidad Ikea.
Una cama que se me quedará grande. Una cama en la que tú no dormirás hoy. Una habitación en la que no te encontraré al llegar a casa.
Es un hecho. Te acabas de marchar. No han pasado ni tres horas desde que salí del Aeropuerto, abrumado por un crisol de emociones a las que no sabría ponerles nombre -en parte, por el tiempo que transcurrió desde la última vez que las experimenté- y estoy tratando torpemente de recoger con un cepillo y un recogedor los trozos de felicidad que han quedado en mi habitación, junto con algún kleenex y el envoltorio de la tarjeta de videojuegos que te compraste conmigo.
No sé qué hacer en estos momentos. Me siento paralizado. Me encantaría ordenar la habitación, pero mi cuerpo me pide tirarme a la cama. Respirar la fragancia de tu piel que dejaste impregnada en las sábanas. Arroparme con ellas. Apagar la luz. Cerrar los ojos. Dormir.
Es inútil. Hoy no podré conciliar el sueño tan fácilmente. Y queda descartado tomarme una tila, un milagro herbáceo marca blanca, una benzodiacepina, o cualquier combinado en la barra del bar de la esquina, escuchando las desgracias emitidas por una televisión de plasma, ahogadas por el sonido penetrante de la máquina tragaperras cuyas teclas son golpeadas por un viejo desdentado. Prefiero no dormir. Prefiero coger un papel, un bolígrafo, y dibujar con mi caligrafía el pasado que hemos vivido juntos y el futuro que me espera a tu lado, mientras consigo que la tinta se corra con la caída en libre de una lágrima. Y, con algo de suerte, caeré en la cama, abrazando a la nada, o a mi perro de peluche, que se ha prestado a sustituirte, aunque le he dicho al oído que no le quiero más que a ti.
Me he recortado la barba, ¿sabes? No lo he hecho por romper la promesa que te hice, ni tampoco porque me molestara, sino por una entrevista que tendré mañana. La máquina tiraba de mis pelos provocándome un dolor ridículo. En pocas horas me he visto despojado de tu presencia, y hace unos instantes de mi barba, sintiéndome indefenso, vulnerable, atemorizado por el mañana. Un mañana en el que, obviamente, no estarás junto a mí.
Podría seguir escribiendo. Sigo sin tener sueño. Y la opción de las benzodiacepinas está tomando más fuerza. Pero no quiero drogarme cuando sé que la mayor droga eres tú. Porque ni el éxtasis, ni el LSD, ni cualquier otra droga de diseño, puede provocar lo que tú has incitado en mí estas últimas semanas. Ni la subida en la noria -¿te acuerdas?- en la feria puede servir como aproximación a lo que has despertado en mí.
Y ahora comienzo a ser víctima del llamado “síndrome de abstinencia”. También de una inestabilidad emocional -apelemos a ella como “neuroticismo”- que se agudizará en los momentos en que recorra los rincones del Madrid que te quise mostrar y que, cuando vuelva a pasar por ellos, mis labios dibujarán la más nostálgica de las sonrisas y mis ojos se verán incapaces de derramar lágrimas. Y recordaré la foto que me pediste que te hiciera ante la Puerta de Alcalá, la que te tomé en “Tiempos Modernos” con mi camiseta de rayas, o el banco en el que nos sentamos a descansar en los Jardines de Sabatinni, sin pasar por alto las baldosas que pisamos por el Barrio de Salamanca la primera noche en que te llevé a mi casa, mientras nos besábamos sin ser conscientes de que el paso del tiempo es el arma que más dolor puede proferir a dos personas que se quieren sin condiciones.
Y, lo mejor de todo, es tener la esperanza de cerrar el paréntesis que se ha abierto en el momento en que has atravesado el arco de seguridad del aeropuerto. Porque sé que estoy viviendo en una cadencia que no se ha resuelto todavía, en el desarrollo de un primer movimiento de Sinfonía que busca llegar a la reexposición, en una trama argumental que anhela el final feliz de toda historia feliz.


-Quedo eternamente en deuda contigo. Sí, contigo. Tú has sido fiel conocedora de cada página de esta historia. De mis ilusiones y temores. Por ello, una vez más, te doy las gracias.-

lunes, 15 de septiembre de 2014

Septiembre. Esto despiertas en mí.

Delante de mí tengo un documento en blanco. Los dedos, apoyados correctamente (tal y como me enseñaron en las clases de mecanografía) sobre el teclado del portátil.
Siento miedo. Se despierta en mí una sensación de angustia. De ansiedad. De temor. De fobia. Emociones negativas. Adversas. ¿Qué hago ahora?
Casualmente, eso es lo que siento ante la vida. Me encuentro frente a un abismo atroz. En ese abismo me acompaña un látigo, en mi mano derecha (para todo soy diestro). En intervalos breves de tiempo lo sacudo sobre mi propia persona. Es placentero o, al menos, siento que encuentro gozo al fustigarme minuto tras minuto.
Me encanta sacudirme con él. Cada vez que pienso lo inútil que soy, lo inservible que me siento, que mi contribución a la sociedad está siendo más parca de lo que proyecté en un tiempo anterior, lo tomo con fuerza y me atizo. Una vez. Otra vez. Otra vez más. No caen lágrimas de mis ojos, pero mi alma llora a borbotones. Siento un manantial de tristeza dentro de mí.
¿Qué ha fallado? ¿Acaso mi plan no era perfecto? Yo era un estudiante aplicado, con las preocupaciones de cualquier estudiante. Clases. Prácticas. Exámenes. Calificaciones. Verano de sol y piscina. Alcohol y más alcohol. Eso se acabó ya.
Y ahora, ¿qué?
Trabajar.
Sería un placer enrolarme en ese verbo de acción.
Placer. Como el que encuentro al aplicar sobre mí los golpes de ese látigo que creé yo a lo largo de mi vida.
No hay trabajo.
“Si no podemos establecer un convenio de colaboración con tu universidad o escuela de formación, lamentamos decirle que no puede continuar en el proceso”. Lamentamos no poder contar con usted para poder explotarle como un “becario” con un maravilloso “contrato de formación”, remunerado con un puñado de euros y una jornada laboral que agota hasta a las manecillas de su reloj.
“Si no tiene experiencia laboral previa, no puede formar parte de nuestro equipo de trabajo”. Le agradezco que me vete la oportunidad para trabajar. Así, mi experiencia irá en crescendo, gracias a empresas, instituciones y organizaciones que brindan la oportunidad a los jóvenes sobrecualificados, pero sin experiencia que contar en sus currículums.
“Está demasiado formado para el trabajo que ofrecemos. Lo sentimos mucho”. Si lo hubiera sabido años antes, habría estudiado una Formación Profesional, o incluso me hubiera bastado con conseguir el Título de Educación Secundaria.
Omisión de respuesta”. “Entrega de tu currículum a las papeleras y destructoras de papel”.
Empecé hablando de mi látigo, y he espetado los diversos argumentos que me ofrecen, vía telefónica, para expresar su renuncia a elegirme como persona que aspira a un puesto de trabajo.
Y mientras me rechazan, me voy dando con mi látigo.
Y mientras me doy dando con mi látigo, pasan los días.
Primero uno. Luego otro. Todos iguales. Sacados del mismo patrón.
Del patrón del hastío y la monotonía.
Patrones que yo no diseñé, pero han sido implementados en mi vida.
¿Acaso no soy yo quien decide qué hacer con mi vida propia?
Debería ser así, pero juego en un entorno que pone las reglas del juego. No quiero aceptar esas reglas. No quiero jugar en este juego en el que siempre salgo perdiendo.
Veo la salida de este túnel, que he tratado de desdibujar en este escrito a través de oraciones simples, yuxtapuestas, coordinadas y alguna que otra subordinada, está fuera.
Fuera de Madrid. Fuera de España.
¿Fuera de esta vida? No. Creo que todavía merece la pena. ¿Qué podría presentar como argumentos a favor de esta proposición? ¿Familia? ¿Amigos? ¿Tú? Sí. Todos podrían servirme.
Aunque hay días que prefiero poner fin cobardemente a la historia comenzada un cuarto de siglo, a pesar de lo que -familia, amigos, tú- podrían objetar. Aquellos días en que:
-          Veo la cama como el lugar idóneo donde refugiarme de los problemas.
-          Llorar es placentero.
-          Cogería una caja de cualquier psicofármaco y sería mi desayuno de los campeones derrotados.
-          Dejo pasar cada segundo de mi vida sin hacer nada. Sin pena ni gloria.
-          Me siento como una persona que no sirve para nada. Ni tan siquiera para vivir.
Otros días me retracto de estos pensamientos, y prefiero salir de la cama para enfrentarme de los problemas, cierro el grifo de lágrimas, llevo una alimentación sana y equilibrada, me siento activo cada instante de mi vida, creyendo que puedo aportar algo a una comunidad o a la sociedad en general.
Creo que me siento algo mejor, tras haber derramado en papel todo lo que siento en estos momentos. También ha contribuido el hecho de operativizar un deseo que llevo persiguiendo durante bastantes meses, y es el de consagrar un par de horas al día a la ayuda a aquellos que más lo necesitan.
Ahora vuelvo a sentirme peor. La sombra se cierne sobre mí, impidiendo avanzar por un camino en que la claridad la dejé meses, quizás años atrás.  La losa cae sobre mi espalda; pesa demasiado para mí, mas es mi losa, y soy yo quien debe llevarla.

Vuelvo a sentirme mejor, pero es una falsa ilusión. No puedo vivir en los recuerdos.


Estoy subido en una montaña rusa. No me quiero bajar, aunque lo haya pensado muchas veces.