Vine a la gran urbe, buscando la suerte. En
realidad, la suerte no era más que el comienzo de una nueva etapa de formación
y, por qué negarlo, de experiencias que capitales de provincia no tienen en sus
catálogos de ocio. Siempre me consideré un nómada, pues desde los dieciocho
años, momento en que abandoné el nido familiar para labrarme ese futuro idílico
propio de las creencias familiares y las expectativas que los más próximos
derramaban sobre mí, mis cambios de ciudad eran análogos a los cambios de fondo
de armario, de corte de pelo, y de estado de ánimo.
Madrid. Me recibiste llorando. Tras dos trasbordos
de metro, propios de un provinciano que queda embelesado al ver la trama coloreada
de la red del suburbano, llegué calado al piso que, hasta el día de hoy, ha
sido mi hogar. Un hogar al que, sinceramente, a pesar de faltarle una
televisión o un puñado más de metros cuadrados, había armonía, concordia y
entendimiento entre todos sus arrendatarios.
A los pocos días, me vi sumergido en la vorágine
del ritmo que la gran metrópoli implantaba a sus habitantes. Bajaba las
escaleras mecánicas del metro a un ritmo estrepitoso, esquivando a
trabajadores, estudiantes y familias con sus hijos, arriesgándome a
introducirme en el instante en que sonaba la molesta sirena que anunciaba el
cierre de puertas. Cruzaba corriendo las amplias avenidas, temeroso de no llegar de un lado al otro por quedarme
embelesado al disfrutar de los gigantes arquitectónicos que dabas asilo en
calles como la Calle Alcalá, la Calle Serrano, o el Paseo de la Castellana.
Lo que más me enamoró de ti (porque por ti siento
un amor verdadero) fue la noche, más en concreto la oferta cultural y de ocio
que residía en los cientos de locales que albergas. Desde los teatros, los
conciertos en el Auditorio Nacional o el Teatro Real, hasta los innumerables
garitos, antros de mala muerta y salas de fiesta que me han visto absolutamente
embriagado, pero también eufórico, pletórico. Desde Lavapiés a Malasaña,
pasando por La Latina o Huertas, sin olvidar Chueca, claro.
Di rienda suelta a mis hormonas, a mi alter ego, o a mis instintos más
pasionales residentes en el subconsciente, y las muchas cervezas y copas en barras
y pistas daban pie a los besos y las caricias
de personas cuya identidad me resultaba prescindible conocer, buscando una cama
en la que un poco de buen sexo y calor humano aumentaran mi autoestima, que
descendía hasta las profundidades de ti, Madrid, al hacer los caminos de la
vergüenza y el arrepentimiento.
Pero me has visto también triste. Has visto cómo, en
las tardes de verano y otoño deambulaba por las calles, en busca de respuestas
a mis inútiles amarguras. Porque el Palacio Real, el Parque de El Retiro, los
Jardines del Descubrimiento o el Parque de Tierno Galván han sido fieles testigos
de mis preocupaciones. Siempre me ofrecían un banco en el cuál sentarme a leer
alguno de los libros acumulados en cajas de mudanza, hasta que miraba hacia
ningún punto en concreto, y les pedía consejo y apoyo.
Las mañanas en que salía a correr y me adelantaba
a la salida del sol eran toda una aventura, cambiando cada día el recorrido,
descubriendo rincones insospechados hasta el momento para mí. Disfrutaba
salvando obstáculos por Alonso Martínez o Argüelles, sufría subiendo la cuesta
de Cea Bermudez y las escaleras de Juan Bravo, resucitaba al encontrar una
fuente de la que brotaba agua en Príncipe de Vergara o el Paseo de la
Castellana. Y fue así como fui grabando en mi mente el plano de cada uno de tus
barrios y distritos. Por eso, siempre con mucha honra, puedo considerarme un
experto en ti, en Madrid.
Ya no me impresiona cruzar la Calle Alcalá cuando
salgo de Banco de España, postrándome ante la belleza del Palacio de
Telecomunicaciones. No vibra mi interior
al ver grandes grupos de personas en la Puerta de Sol, cada uno de ellos
reclamando y defendiendo sus derechos. No siento ganas de recorrer, una vez
más, el eje Prado-Recoletos-Castellana, pues ya sé qué calles y edificios
quedan a ambos lados de la amplia vía. No me planteo coger el metro, ni
averiguar la ruta que me pueda llevar a ti, pues por mucho que hayan ampliado
la red en los últimos años, no es capaz ni tan siquiera de acercarme allí donde
tú estás. Esa obligación es de Adolfo Suárez-Barajas.
Por eso, por todo lo que me has podido dar en
estos dos años, siempre quedaré agradecido, Madrid. Sabes, tan bien como sé yo,
que volveremos a vernos. Que me darás casa, cultura, ocio y diversión, siempre
que también me ofrezcas trabajo. Por lo tanto, sólo puedo decirte “hasta
pronto, Madrid”.