I just can't escape my thoughts

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domingo, 26 de octubre de 2014

Hasta siempre, Madrid

Vine a la gran urbe, buscando la suerte. En realidad, la suerte no era más que el comienzo de una nueva etapa de formación y, por qué negarlo, de experiencias que capitales de provincia no tienen en sus catálogos de ocio. Siempre me consideré un nómada, pues desde los dieciocho años, momento en que abandoné el nido familiar para labrarme ese futuro idílico propio de las creencias familiares y las expectativas que los más próximos derramaban sobre mí, mis cambios de ciudad eran análogos a los cambios de fondo de armario, de corte de pelo, y de estado de ánimo.
Madrid. Me recibiste llorando. Tras dos trasbordos de metro, propios de un provinciano que queda embelesado al ver la trama coloreada de la red del suburbano, llegué calado al piso que, hasta el día de hoy, ha sido mi hogar. Un hogar al que, sinceramente, a pesar de faltarle una televisión o un puñado más de metros cuadrados, había armonía, concordia y entendimiento entre todos sus arrendatarios.
A los pocos días, me vi sumergido en la vorágine del ritmo que la gran metrópoli implantaba a sus habitantes. Bajaba las escaleras mecánicas del metro a un ritmo estrepitoso, esquivando a trabajadores, estudiantes y familias con sus hijos, arriesgándome a introducirme en el instante en que sonaba la molesta sirena que anunciaba el cierre de puertas. Cruzaba corriendo las amplias avenidas,  temeroso de no llegar de un lado al otro por quedarme embelesado al disfrutar de los gigantes arquitectónicos que dabas asilo en calles como la Calle Alcalá, la Calle Serrano, o el Paseo de la Castellana.
Lo que más me enamoró de ti (porque por ti siento un amor verdadero) fue la noche, más en concreto la oferta cultural y de ocio que residía en los cientos de locales que albergas. Desde los teatros, los conciertos en el Auditorio Nacional o el Teatro Real, hasta los innumerables garitos, antros de mala muerta y salas de fiesta que me han visto absolutamente embriagado, pero también eufórico, pletórico. Desde Lavapiés a Malasaña, pasando por La Latina o Huertas, sin olvidar Chueca, claro.
Di rienda suelta a mis hormonas, a mi alter ego, o a mis instintos más pasionales residentes en el subconsciente, y las muchas cervezas y copas en barras y pistas daban  pie a los besos y las caricias de personas cuya identidad me resultaba prescindible conocer, buscando una cama en la que un poco de buen sexo y calor humano aumentaran mi autoestima, que descendía hasta las profundidades de ti, Madrid, al hacer los caminos de la vergüenza y el arrepentimiento.
Pero me has visto también triste. Has visto cómo, en las tardes de verano y otoño deambulaba por las calles, en busca de respuestas a mis inútiles amarguras. Porque el Palacio Real, el Parque de El Retiro, los Jardines del Descubrimiento o el Parque de Tierno Galván han sido fieles testigos de mis preocupaciones. Siempre me ofrecían un banco en el cuál sentarme a leer alguno de los libros acumulados en cajas de mudanza, hasta que miraba hacia ningún punto en concreto, y les pedía consejo y apoyo.
Las mañanas en que salía a correr y me adelantaba a la salida del sol eran toda una aventura, cambiando cada día el recorrido, descubriendo rincones insospechados hasta el momento para mí. Disfrutaba salvando obstáculos por Alonso Martínez o Argüelles, sufría subiendo la cuesta de Cea Bermudez y las escaleras de Juan Bravo, resucitaba al encontrar una fuente de la que brotaba agua en Príncipe de Vergara o el Paseo de la Castellana. Y fue así como fui grabando en mi mente el plano de cada uno de tus barrios y distritos. Por eso, siempre con mucha honra, puedo considerarme un experto en ti, en Madrid.
Ya no me impresiona cruzar la Calle Alcalá cuando salgo de Banco de España, postrándome ante la belleza del Palacio de Telecomunicaciones. No  vibra mi interior al ver grandes grupos de personas en la Puerta de Sol, cada uno de ellos reclamando y defendiendo sus derechos. No siento ganas de recorrer, una vez más, el eje Prado-Recoletos-Castellana, pues ya sé qué calles y edificios quedan a ambos lados de la amplia vía. No me planteo coger el metro, ni averiguar la ruta que me pueda llevar a ti, pues por mucho que hayan ampliado la red en los últimos años, no es capaz ni tan siquiera de acercarme allí donde tú estás. Esa obligación es de Adolfo Suárez-Barajas.

Por eso, por todo lo que me has podido dar en estos dos años, siempre quedaré agradecido, Madrid. Sabes, tan bien como sé yo, que volveremos a vernos. Que me darás casa, cultura, ocio y diversión, siempre que también me ofrezcas trabajo. Por lo tanto, sólo puedo decirte “hasta pronto, Madrid”. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

Mierda KV617

Paulatinamente, el sol iba perdiendo la batalla. Un día más, la noche obtendría la victoria frente a su rival diurno. Estaba allí, sereno, apaciguado, respirando la paleta de tonos ocres que la tarde de un prematuro equinoccio de otoño me ofrecía desinteresadamente.

Sentado en una roca, bajo la ampulosa copa de una centenaria encina, observaba detenidamente cómo la sombra del árbol adquiría dimensiones mayores, hasta que quedaba dormida en la oscuridad de un manto de cereales e hierbas silvestres.

En el momento de exhalar la última bocanada de cigarro, una huesuda mano se apoyó levemente sobre mi hombro. Como si de un instinto primario y animal se tratara, eché su espalda violentamente hacia delante, tratando de desembarazarme de la mano, cuando de repente, me vi en mi cama, tendido boca arriba, emanando sudor por los poros de mi piel.


Otro sueño frágil. Ya no sabía cuántos habían sucedido aquella noche en la que lo único que parecía perdurar era el monótono llanto de un cielo encapotado y la desesperación por no ser el elegido por Morfeo para tener un sueño no ya longevo, sino al menos satisfactorio.

Eran ya muchas las noches en las que seguía aplicando el inútil y falaz protocolo que me garantizara un puñado de horas de sueño en fase REM. Igualmente, eran ya muchas las noches en que me retorcía en la cama, suplicando a mi almohada, al somier y al la puñetera pintura blanca que me vigilaba desde el lado opuesto de la cama, que se aliaran conmigo para resolver la inaguantable sensación que me tenía atado de pies y manos, que me presionaba el pecho, que me azotaba con un látigo de cuero la cabeza.

Era imposible. La sensación no era más que producto de un conglomerado de sentimientos y pensamientos que no sabía cómo etiquetar. Solo sabía que la alexitimia me nublaba el juicio y me amordazaba la boca, sin ser capaz de expresar mi estado actual. Era la falta de raciocinio, o la excesiva emotividad que dirigía mi vida, una u otra, las responsables de la debacle de mis últimos días a la que estaba asistiendo.

Una vuelta. Otra vuelta. Miraba el gotelé de la pared, sintiendo unas terribles ganas de arrancarlo con mis uñas, víctimas de la onicofagia nerviosa. Arrancar los recuerdos que quedaban en las paredes, celoso de que otro arrendatario fuera conocedor de los tiempos de bonanza y miseria vividos en la minúscula habitación.
Volvía a taparme con la sábana, la manta y el edredón, a pesar de la alta temperatura que había alcanzado mi cuerpo. En su refugio me sentía seguro. Murmuraba al embozo de la sabana, lo retorcía cuando trataba de argumentar mi nefasta coyuntura, y lo arrojaba contra la pared cuando me desesperaba. “Maldita sea”, es lo único que acertaba a decir. Eso, y el “por qué a mí”, o “qué he hecho o qué hago mal”.

No tengo necesidad de buscar jueces que emitan mi sentencia. Yo soy el mejor de todos ellos, equilibrando, eso sí, la balanza a mi desfavor. Tampoco busco psicólogos que traten de definir mi estado enfermizo. Yo me redacto los diagnósticos sin necesidad de asistir a un gabinete. Mis terapias se han reducido a deambular por las estancias de mi casa, abriendo la puerta de cada una de ellas, y soñando, ¡iluso de mí!, que allí seguías.

La terapia se combina con contar los días que me quedan para despojarme de la ropa de invierno y los temores, con unos tragos a cervezas de lata y caladas a cigarrillos frente a la pantalla de este ordenador, que se ha convertido en la ventana por la que accedo a tu nueva realidad, esa que te hace sentir eufórico, pero también te enerva cuando las circunstancias son disonantes.

Me enseñaron a tener paciencia. Pero se me ha agotado. Imploro a Dios,  a la Virgen, al Karma y a los miembros de mi árbol genealógico, para que me cedan un puñado que me hagan más llevadero estos días. Busco reservas en los bolsillos de la americana, en las vueltas del pantalón de pitillo, y entre las carpetas de las asignaturas de la licenciatura. Nada. No la consigo. Vanos intentos.


La lluvia amaina, el cielo se ha desahogado. Son las tres de la madrugada. Heroicamente me siento algo más agotado, sin haber llegado a ninguna conclusión. En un recoveco de mi mente suena esa línea melódica que reproduzco para llegar a la meta de la noche. Parece que lo consigo. Sí. La voz interna se ha callado, y sin articular mantra alguno, saboreo un sueño con una vida de cinco horas.