Exhalando la última bocanada de humo, mira de soslayo el
cenicero, y dirige la colilla agonizante al recipiente. Lo mata. Se levanta con
desgana, y se dirige al baño. Comienza el ritual vespertino: ducha de agua
templada, limpieza de cara, y examen frente al espejo.
Su juez homónimo, al otro lado del cristal, le examina con
detenimiento. Dos canas, tres granos, un labio parco de hidratación, una barba
de una semana, y unos cuencos sobre los que reposan unos ojos marinos y lánguidos.
La vida en un patíbulo constante deja marcas.
Se recorta la barba con desdén, extrae los tres pelos del
entrecejo (percatándose de la existencia de otro pelo cano en la ceja diestra),
se lava los dientes, y se echa esa crema milagrosa cuya aplicación convierte
cualquier tez cansada en la más revitalizada (como la de un niño de siete años,
¡ja! Y tú te lo crees, iluso).
Aun sin terminar de acicalar su pelo, su fiel amigo le
lanza otro órdago. “¿Te aceptas tal cual eres?” Hubiera preferido la pregunta
más difícil de cualquier examen de carrera a esa cuestión. Y, ya sabía de
antemano, que el monosílabo negativo no era suficiente. Él, acostumbrado a
perderse en justificaciones y circunloquios, debería defender su postura. “Pues
no, no me acepto tal cual soy”.
“Lidio batallas diarias. No con los demás. Sé que podría
vencerles. Los más duros enfrentamientos los tengo conmigo mismo. Siento una
debilidad por los cambios bruscos de humor, o eso parece. De pequeño me daba
miedo las montañas rusas; cuando era adolescente, eran mi debilidad; ahora
siento adulto, me burlo de ellas, y presento mi configuración emocional como la
más apasionante de las atracciones: su velocidad, sus descensos trepidantes,
sus subidas insospechadas, sin que haya tramo alguno de horizontalidad en el
recorrido”.
“Busco el “sí”, pero el mío no me vale. Necesito el
refuerzo de los demás, el aliento del prójimo, el impulso del “tú” o de aquel “él”.
Nunca se me dio bien quererme. Puedo pecar de neurótico, pero de narcisista
nunca. No valgo mucho. Me siento devaluado (¿o me devalúo yo mismo? Esto es el
conflicto del locus de control, supongo) en un entorno en el que priman rasgos
o atributos que no están a mi alcance; y aquellos de los que soy digno
poseedor, no figuran en las listas de características que hacen a una persona
interesante y atractiva”.7
“Camino siempre por la vida con un reloj, un metrónomo, una
brújula, y un juego de regla-escuadra-cartabón. Todo ha de salir bien. La planificación da
sentido a mi vida. “Levántate a las seis y media de la mañana.” “Encamínate
hacia el cuarto de baño”. “Después prosigue con la siguiente acción”. “No te
retrases en llegar a este sitio”. “No puedes permanecer más de dos horas en
este lugar haciendo desempeñando esta tarea”. Sí, el orden y la planificación
dan sentido a mi vida. Son los mandamientos que dirigen el transcurso de mi día
a día”.
“Me canso de los
retos cuando los he alcanzado. Cuando alcanzo el éxito, no valoro el esfuerzo
que me costó conseguirlo”.
“El escepticismo es mi filosofía. Descanso sobre un lecho de dudas".
“Soy caprichoso”.
“¿Algún defecto más? Se aceptan sugerencias, siempre y cuando
no entierren mi autoestima por debajo del manto inferior de la Tierra.”
Así, con otro suspiro lánguido y sonoro, mas no procedente
de la voz de aquella tarde, como diría Manuel Machado, sino de su aparato
respiratorio, cogió el maletín para salir de su casa. Volvería a desandar el “Callejón
del Gato”, como cada mañana. No vivía en el madrileño Barrio de las Letras,
pero se divertiría con la deformación grotesca de su realidad, sobre la que ya
no tenía control alguno.