I just can't escape my thoughts

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jueves, 7 de agosto de 2014

Monólogo matinal, o "cómo hundirte frente a tu propio ego"

Exhalando la última bocanada de humo, mira de soslayo el cenicero, y dirige la colilla agonizante al recipiente. Lo mata. Se levanta con desgana, y se dirige al baño. Comienza el ritual vespertino: ducha de agua templada, limpieza de cara, y examen frente al espejo.

Su juez homónimo, al otro lado del cristal, le examina con detenimiento. Dos canas, tres granos, un labio parco de hidratación, una barba de una semana, y unos cuencos sobre los que reposan unos ojos marinos y lánguidos. La vida en un patíbulo constante deja marcas.

Se recorta la barba con desdén, extrae los tres pelos del entrecejo (percatándose de la existencia de otro pelo cano en la ceja diestra), se lava los dientes, y se echa esa crema milagrosa cuya aplicación convierte cualquier tez cansada en la más revitalizada (como la de un niño de siete años, ¡ja! Y tú te lo crees, iluso).

Aun sin terminar de acicalar su pelo, su fiel amigo le lanza otro órdago. “¿Te aceptas tal cual eres?” Hubiera preferido la pregunta más difícil de cualquier examen de carrera a esa cuestión. Y, ya sabía de antemano, que el monosílabo negativo no era suficiente. Él, acostumbrado a perderse en justificaciones y circunloquios, debería defender su postura. “Pues no, no me acepto tal cual soy”.

“Lidio batallas diarias. No con los demás. Sé que podría vencerles. Los más duros enfrentamientos los tengo conmigo mismo. Siento una debilidad por los cambios bruscos de humor, o eso parece. De pequeño me daba miedo las montañas rusas; cuando era adolescente, eran mi debilidad; ahora siento adulto, me burlo de ellas, y presento mi configuración emocional como la más apasionante de las atracciones: su velocidad, sus descensos trepidantes, sus subidas insospechadas, sin que haya tramo alguno de horizontalidad en el recorrido”.

“Busco el “sí”, pero el mío no me vale. Necesito el refuerzo de los demás, el aliento del prójimo, el impulso del “tú” o de aquel “él”. Nunca se me dio bien quererme. Puedo pecar de neurótico, pero de narcisista nunca. No valgo mucho. Me siento devaluado (¿o me devalúo yo mismo? Esto es el conflicto del locus de control, supongo) en un entorno en el que priman rasgos o atributos que no están a mi alcance; y aquellos de los que soy digno poseedor, no figuran en las listas de características que hacen a una persona interesante y atractiva”.7

“Camino siempre por la vida con un reloj, un metrónomo, una brújula, y un juego de regla-escuadra-cartabón.  Todo ha de salir bien. La planificación da sentido a mi vida. “Levántate a las seis y media de la mañana.” “Encamínate hacia el cuarto de baño”. “Después prosigue con la siguiente acción”. “No te retrases en llegar a este sitio”. “No puedes permanecer más de dos horas en este lugar haciendo desempeñando esta tarea”. Sí, el orden y la planificación dan sentido a mi vida. Son los mandamientos que dirigen el transcurso de mi día a día”.

 “Me canso de los retos cuando los he alcanzado. Cuando alcanzo el éxito, no valoro el esfuerzo que me costó conseguirlo”.

“El escepticismo es mi filosofía. Descanso sobre un lecho de dudas".

“Soy caprichoso”.

“¿Algún defecto más? Se aceptan sugerencias, siempre y cuando no entierren mi autoestima por debajo del manto inferior de la Tierra.”


Así, con otro suspiro lánguido y sonoro, mas no procedente de la voz de aquella tarde, como diría Manuel Machado, sino de su aparato respiratorio, cogió el maletín para salir de su casa. Volvería a desandar el “Callejón del Gato”, como cada mañana. No vivía en el madrileño Barrio de las Letras, pero se divertiría con la deformación grotesca de su realidad, sobre la que ya no tenía control alguno.