I just can't escape my thoughts

I just can't escape my thoughts

domingo, 24 de mayo de 2015

Sin título. Obra recién comenzada. Volumen 26.

Los niños pierden la ilusión cuando se enteran de que los Reyes Magos no existen. Mi ilusión se esfumó a los meses de alistarme en una relación sentimental. Los niños, a pesar de ello, aguardan cada Navidad para recibir sus regalos, arrancar envoltorios con colores intensos y sonreír al ver que sus deseos se cumplieron. Yo, en cambio, llego a casa sin ganas de recibir una muestra de cariño y de afecto, y por supuesto de corresponderla. Porque el amor, al igual que mi ilusión, fueron tragadas por la fuerza del agua, adentrándose por el sumidero de la bañera día tras día, junto con la espuma, algún que otro pelo, una líbido a la altura de mis pies y una apatía de Ph neutro y glicerina.
No hay peor error por parte del ser humano en negar lo innegable, en querer desviar la mirada y la atención hacia un foco distinto al de donde se encuentra el problema, en contener la respiración para no oler más la mierda que pisas, que te salpica el rostro, y te mancha la ropa y el alma. A mí me encanta cometer errores. Tengo algún rasgo de personalidad que me invita a errar todo lo posible y más, o quizás no funciona bien mi corteza prefontal, área del cerebro encargada de los procesos de toma de decisiones, entre otras funciones. Sí, yo creo que debe ser eso. Un fallo cognitivo o de personalidad que me induce a cometer errores, cada vez más insalvables.
Porque nunca fui profeta de la perfección personal. ¿Que traté de alcanzarla? Sí, por supuesto, dado que soy hombre de retos. Pero hacer acopio de las cualidades mejor valoradas en esta sociedad tan exigente puede llevarte a la firma de tu propia derrota, sellando un armisticio no en Versalles, sino en el retrete de tu casa. Teniendo este conocimiento, dirigí mis esfuerzos en ser una persona lo que se dice común, sin tratar de destacar, aunque lo conseguí para ti. El comienzo de la ecuación parecía perfecta, un equilibrio imperturbable entre ambos lados de la igualdad. Tú. Yo. Sin embargo, cuando tratamos de despejar la incógnita del futuro era demasiado compleja: un número negativo, una raíz cuadrada, un número irracional, un géiser de acusaciones, un movimiento de placas tecnónicas y un desplome de mi integridad personal. La ecuación se transformó en una inecuación.
Una inecuación que se resiste a ser resuelta satisfactoriamente. Tomamos hojas en blanco, sacamos punta al lápiz, y comenzamos a formular distintas soluciones. La punta se quiebra, el grafito no es lo suficientemente intenso como para distinguir el trazo del inmaculado papel, no recordamos cómo despejar incógnitas, nos resultan ajenas expresiones como “más que”, “menos que” o “igual que”,… y al final, fruto de la ira, arrugamos la hoja, hacemos con ella una bola, y tratamos de encestarla en la papelera, acción vana, pues cae a escasos centímetros de su destino esperado.
No sabemos resolver inecuaciones, porque no nos enseñaron a resolverlas. Piden tener conocimientos específicos, competencias, como ahora se acostumbra a decir, que no es más que la convergencia de conocimientos, habilidades, destrezas, actitudes y otros factores psicológicos. También es necesaria la ilusión que esconde el despejar la incógnita, junto con la motivación (intrínseca, a ser posible), pero recuerdo que mi ilusión se fue por el sumidero de la bañera. Al menos la mía. Y tengo muchos conocimientos en álgebra, pero no me siento con ganas de seguir aplicándolos para lograr la resolución de expresiones matemáticas.
Tú tomas la bola de papel arrugada – sí, aquella que no fue depositada en la papelera – la aprietas con una falsa templanza, y comienzas a apretarla con la ayuda de tu mano. No contento con tirármela y ver que no me hace daño alguno, tomas el plumier. Sacas los lápices perfectamente colocados, y me das con ellos. Me los arrojas a mi cara. Caen al suelo, pudiéndose percibir un efecto sonoro bello y delicado cuando ruedan por el suelo. Y los vuelves a tomar, con un mayor ahínco, y me los clavas en mi piel, me los introduces por mis fosas nasales, por mi boca. Y yo, teniendo la solución en un holograma mental, caigo en el mutis, brindando conmigo mismo por la resistencia y el fin de la trama con agua de clemencia endulzada con piedad.
Y acabo derrumbándome. Porque soy frágil, aunque siempre camine por la vida con mi armadura. Porque soy compasivo, y te cedo la solución que encontré a la inecuación. Porque soy humilde, y reconozco que no operé bien al principio. Pero ya es tarde. No sirve de nada escribir la solución sin haberla meditado conjuntamente.
Al final acabo comportándome como un púber rebelde, que no quiere dar explicaciones a sus figuras paternas, ni tampoco quiere continuar estudiando. Aboga por el absentismo. Yo, púber rebelde, me cierro en mí mismo, porque desde hace tiempo dejé de sentir interés en leerte la mente y hacer estúpidas reseñas, estudiar la anatomía de tus pensamientos, a resolver los problemas de las clases de álgebra afectivo-emocional y de probabilidad siendo “x” la variable aleatoria “manipulación” bajo un ensayo de Bernoulli; a dibujar tu figura histriónica a carboncillo o con acuarelas, a componer acordes para preludios anunciadores de finales, a hacer esquemas sobre la historia de tus lagunas personales.
Y saldré mañana a la calle, con un sentimiento ambivalente y confuso. Veré el espíritu de Festinger a lo lejos, advirtiéndome de la disonancia cognitiva en la que me he embarcado. De un lado estará el temor y el miedo a las críticas, a los juicios de escaso fundamento y alta visceralidad, a poder ser lapidado por tus secuaces; de otra parte veo un haz de esperanza, de cambio, de reencuentro conmigo mismo. Cruzaré cabizbajo el umbral de la puerta, a la altura del Río Mapocho me erguiré, y al llegar a mi puesto de trabajo la brisa fría de un mayo otoñal me hará revivir.

Queda mucho por vivir a este lado del charco. La aventura no finaliza aquí. Comienza lo verdaderamente esperado. Mi ilusión no se me escapará por la bañera. 

sábado, 28 de febrero de 2015

Atiquifobia. Miedo al fracaso.

Qué es el fracaso. Quién es el fracaso. 
Son dos cuestiones que me acechan durante los últimos días. 
Son mi sombra. Me atrapan. No me dejan avanzar, y si lo hago, la distancia que avanzo es tan fútil, tan insignificante, que ni merece la pena esforzarse; es mejor rendirse ante el fracaso, y que te deje inmóvil, aliarse con él, convencerte de que él es quien ganó, una vez más.
Puedo definir a la perfección qué es el fracaso, a pesar de que yo soy el fracaso. 
En las tibias mañanas me espera al otro lado del espejo, y al cruzar la primera mirada, un odio impacta sobre nuestros respectivos ojos, y un rencor acentúa nuestra silueta. 
Nos recriminamos mutuamente todos los errores, todas las decisiones precipitadas, todas las acciones impulsivas; nos escupimos rabia recíprocamente, y acabamos lamentándonos de nuestros propósitos y metas fallidas, lanzadas al precipicio de la incapacidad. 

Antes me hacía la pueril e ilusa pregunta: “qué habré hecho para merecer esto”; sin embargo, ya no hay preguntas, solo aseveraciones tales como “sabías desde el primer momento que esta situación te quedaba demasiado holgada"; “realmente no sabes dónde están tus límites; o sí, sí lo sabes, mas no quieres reconocer que éstos son tan pequeños, que te impedirían dedicarte a cualquier cosa que te gustase”. 
Me he dado cuenta que es inútil perderse en preguntas con respuestas autoinculpatorias. En ellas no se esconde la solución al galimatías de mi vida. 
Este argumento no me sirve de nada. No me permite avanzar. No sé qué hacer. Si no sirve de nada culparme de mis errores, ¿qué debo hacer? 
¿Será acaso más útil - y productivo - pensar en un futuro mejor? 
Pero, ¡cómo ver mi futuro mejor, si estoy enfangado de mierda! 
Me asfixio en esta maldita realidad llena de trámites burocráticos lentos e ineficaces; una realidad con tan poco dinero, que ni puedes tomarte unas cervezas con alguien con quien poder intercambiar impresiones de la vida; una realidad que te golpea fuertemente contra las paredes de la casa, te hace tropezar, contribuye a tu desgaste, y coacciona a que te rindas. 
Hoy me he levantado de la cama con un sabor amargo. Me hubiera gustado haberme quedado en ella todo el tiempo que hubiera sido posible, y continuar desarrollando unos pensamientos que van dirigidos hacia el fin del todo. Últimamente mi mente se ve anegada por una motivación: poner broche a mi historia. 
No sé cómo hacerlo. 
Tengo miedo. 
Cuando cavilo sobre algún procedimiento de autodestrucción, sopeso sus consecuencias sobre mi persona, y al final acaba imponiéndose un mantra: 
"¡en absoluto!" 
Es como si se resolviera una cadencia que estaba inconclusa durante varios compases. 
Y siento un insight, un breve lapso de lucidez. Y encuentro la respuesta a mis males: 


Nunca fui partidario de las etiquetas, aunque reconozco que son muy útiles, pues nos permiten operar con mayor eficacia en este mundo, nos ayudan incluso a poder anticiparnos. 
Atiquifobia.
Miedo a cometer errores o fracasar. 
Pero, cuando ya has fracaso, ¿qué nombre puedo darle a ese sentimiento, o a esa comorbilidad de sentimientos? 

¿Habré ya fracasado?

Casualmente, recibo un WhatsAap de la persona que más quiero, y que más necesito en estos momentos. El mensaje decía lo siguiente: 
"Llevo todo el día acordándome mucho de ti, hijo mío - efectivamente, era de mi madre - pero yo le pido a Dios que te ayude y que nunca pierdas la esperanza, la ilusión y la fuerza. Porque sé, hijo mío, que eres un luchador y un valiente y sé que vas a recoger el fruto deseado porque te lo mereces. Te quiero mucho."
Burst into tears. 
Catarsis emocional. 
Resolución del conflicto interno. 
Voy al baño, me estaba esperando. Nos miramos. Acabamos riéndonos. Respiramos hondo. No somos unos fracasados. Ya no hay odio ni rencor. Hay miradas vigorosas, desafiantes ante un futuro que puede que no sea el soñado en un tiempo anterior, pero sí puede ser bastante prometedor. 
Y nos prometemos mutuamente, que no volveremos a sentirnos así, aunque las promesas en personas lábiles son bastante cuestionables. 
Casualmente tengo algo de sencillo en el monedero. Es hora de acicalarse un poco, cambiar de ropa, y salir a la calle. Sentir el aire fresco de una tarde que trata de vivir, llevar un buen libro en la mochila, escuchar música, abrir la boca ante un espacio desconocido, cruzar las calles velozmente, mirar a la gente a los ojos, ir con la frente bien alta, sentir correr por tus venas el orgullo de ser quien eres. 



jueves, 18 de diciembre de 2014

España encerrada en una pieza de Santiago.

Cuatro menos veinte de la madrugada. Cielo impoluto. Silencio quebrado por el paso de algún taxi en la templada noche que descansa sobre los adoquines de la metrópoli. Yema del dedo índice sobre el botón. Se abre la puerta. “Gracias, buenas noches”. Formalismos para establecer algún tipo de relación anodina con el fámulo de turno, cruzando cabizbajo el umbral de la puerta, sin detenerse a contemplar los abalorios luminosos propios de las fechas hiperglucémicas que pisan los talones.

Oscuridad. Melodía ascendente y descendente que viola el silencio de que impera en la estancia. Mientras se descalza, camina dubitativamente hacia el botiquín, sin saber si tomar un antiinflamatorio o una de esas pequeñas píldoras que le transportaban a una realidad paralela e inconexa con este mundo. Su historia personal y su persistente juez le invitan a ingerir una de esas cápsulas que llevan por nombre “Ibuprofeno”.

Con la ropa en la mano derecha, el móvil en la zurda, y vestido con el sudor del trabajo y del verano incipiente, se dispone a penetrar sigilosamente en la habitación. Su compañero, bañado por los reflejos rojizos de la luz de las farolas que atraviesa la ventana, respira pausadamente. Un ardiente deseo de abrazarle, sentir su piel, besarle, hacerle una síntesis de su jornada laboral, le brota de su mente; pero ésta misma le frena, pues vela por el descanso de su compañero de cama y de vida.
Recostado sobre el colchón, decidió abrir esa cajita que reposa sobre el velador, para mantenerse despierto unos cuantos minutos más, o incluso una hora. La cajita, bautizada con la etiqueta “insomnio”, celosamente guardaba todos aquellos recuerdos, inquietudes, preocupaciones, obligaciones y demás fórmulas que le despojaban del sueño reparador. Incapaz de dejarla en España, la echó en alguna de las maletas que facturaron un par de semanas atrás.

No sabía qué imagen escoger, qué imagen abrazar, con qué imagen jugar, y qué imagen clavar sobre su pecho recostado en el lecho. ¿Familia? ¿Amistades? ¿Últimas impresiones del Madrid que le vio entristecerse? ¿Las calles de esa villa llana que tanto desgastó con sus paseos? Conforme iba cogiendo imágenes y las iba apilando en el lado opuesto al que descansaba su compañero, iba anudándose la corbata de la tristeza, una corbata que le sumergía en un estado difícil de describir, a pesar de rebuscar entre las tantas palabras que encerraba su léxico.

Cerraba los ojos, y sentía estar con uno de los pijamas de invierno, cubierto por las mantas de su lecho, hipnotizado por el rítmico tic-tac del despertador que le daba religiosamente los buenos días. Todo eso quedó atrás. Cogía esa imagen por los bordes, la examinaba una y otra vez (con el pijama, las mantas, el tic-tac), pareciéndole ajena, como si su dueño fuera otra persona y no él mismo.

El abrazo de ella en la estación de tren. ¿Cuándo volvería a sentir ese abrazo? ¿Cuándo volvería a ver esa sonrisa? ¿Cuándo volvería a perderse en los circunloquios que creaban postrados en los taburetes de la barra de aquel bar de Malasaña? ¿Cuándo volverían a reír, llorar y sufrir juntos, compartiendo el mismo espacio?

Su cajita le vigilaba desde el velador. Le invitaba a tomar una imagen. Le susurraba al oído, reproduciéndole diálogos de un pasado no tan lejano. Advertencias. Consejos. Orientaciones. Reproches. Reproches. Orientaciones. Consejos. Advertencias. El resbalón de una puerta que se abre. La caída del tenedor y su consecuente rebotar sobre el suelo. La megafonía del ascensor. La fricción de los zapatos contra el felpudo. El ralentí del coche.

La última obra interpretada.
La última pista reproducida del disco de vinilo de los setenta.
La última vista al Madrid de los Austrias.
Las últimas palabras emitidas entre lágrimas sin enjugar en la terminal, ahogadas por abrazos.
Calderón que reposa sobre el silencio de redonda.

Fin del acto XVI
(Interludio de menos de veinticuatro horas)


Siempre el sueño acaba venciendo a la vigilia en las noches de cuarto creciente. Con ayuda de fórmulas magistrales conseguidas en farmacias de barrio o con ayuda del cansancio. 

domingo, 26 de octubre de 2014

Hasta siempre, Madrid

Vine a la gran urbe, buscando la suerte. En realidad, la suerte no era más que el comienzo de una nueva etapa de formación y, por qué negarlo, de experiencias que capitales de provincia no tienen en sus catálogos de ocio. Siempre me consideré un nómada, pues desde los dieciocho años, momento en que abandoné el nido familiar para labrarme ese futuro idílico propio de las creencias familiares y las expectativas que los más próximos derramaban sobre mí, mis cambios de ciudad eran análogos a los cambios de fondo de armario, de corte de pelo, y de estado de ánimo.
Madrid. Me recibiste llorando. Tras dos trasbordos de metro, propios de un provinciano que queda embelesado al ver la trama coloreada de la red del suburbano, llegué calado al piso que, hasta el día de hoy, ha sido mi hogar. Un hogar al que, sinceramente, a pesar de faltarle una televisión o un puñado más de metros cuadrados, había armonía, concordia y entendimiento entre todos sus arrendatarios.
A los pocos días, me vi sumergido en la vorágine del ritmo que la gran metrópoli implantaba a sus habitantes. Bajaba las escaleras mecánicas del metro a un ritmo estrepitoso, esquivando a trabajadores, estudiantes y familias con sus hijos, arriesgándome a introducirme en el instante en que sonaba la molesta sirena que anunciaba el cierre de puertas. Cruzaba corriendo las amplias avenidas,  temeroso de no llegar de un lado al otro por quedarme embelesado al disfrutar de los gigantes arquitectónicos que dabas asilo en calles como la Calle Alcalá, la Calle Serrano, o el Paseo de la Castellana.
Lo que más me enamoró de ti (porque por ti siento un amor verdadero) fue la noche, más en concreto la oferta cultural y de ocio que residía en los cientos de locales que albergas. Desde los teatros, los conciertos en el Auditorio Nacional o el Teatro Real, hasta los innumerables garitos, antros de mala muerta y salas de fiesta que me han visto absolutamente embriagado, pero también eufórico, pletórico. Desde Lavapiés a Malasaña, pasando por La Latina o Huertas, sin olvidar Chueca, claro.
Di rienda suelta a mis hormonas, a mi alter ego, o a mis instintos más pasionales residentes en el subconsciente, y las muchas cervezas y copas en barras y pistas daban  pie a los besos y las caricias de personas cuya identidad me resultaba prescindible conocer, buscando una cama en la que un poco de buen sexo y calor humano aumentaran mi autoestima, que descendía hasta las profundidades de ti, Madrid, al hacer los caminos de la vergüenza y el arrepentimiento.
Pero me has visto también triste. Has visto cómo, en las tardes de verano y otoño deambulaba por las calles, en busca de respuestas a mis inútiles amarguras. Porque el Palacio Real, el Parque de El Retiro, los Jardines del Descubrimiento o el Parque de Tierno Galván han sido fieles testigos de mis preocupaciones. Siempre me ofrecían un banco en el cuál sentarme a leer alguno de los libros acumulados en cajas de mudanza, hasta que miraba hacia ningún punto en concreto, y les pedía consejo y apoyo.
Las mañanas en que salía a correr y me adelantaba a la salida del sol eran toda una aventura, cambiando cada día el recorrido, descubriendo rincones insospechados hasta el momento para mí. Disfrutaba salvando obstáculos por Alonso Martínez o Argüelles, sufría subiendo la cuesta de Cea Bermudez y las escaleras de Juan Bravo, resucitaba al encontrar una fuente de la que brotaba agua en Príncipe de Vergara o el Paseo de la Castellana. Y fue así como fui grabando en mi mente el plano de cada uno de tus barrios y distritos. Por eso, siempre con mucha honra, puedo considerarme un experto en ti, en Madrid.
Ya no me impresiona cruzar la Calle Alcalá cuando salgo de Banco de España, postrándome ante la belleza del Palacio de Telecomunicaciones. No  vibra mi interior al ver grandes grupos de personas en la Puerta de Sol, cada uno de ellos reclamando y defendiendo sus derechos. No siento ganas de recorrer, una vez más, el eje Prado-Recoletos-Castellana, pues ya sé qué calles y edificios quedan a ambos lados de la amplia vía. No me planteo coger el metro, ni averiguar la ruta que me pueda llevar a ti, pues por mucho que hayan ampliado la red en los últimos años, no es capaz ni tan siquiera de acercarme allí donde tú estás. Esa obligación es de Adolfo Suárez-Barajas.

Por eso, por todo lo que me has podido dar en estos dos años, siempre quedaré agradecido, Madrid. Sabes, tan bien como sé yo, que volveremos a vernos. Que me darás casa, cultura, ocio y diversión, siempre que también me ofrezcas trabajo. Por lo tanto, sólo puedo decirte “hasta pronto, Madrid”. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

Mierda KV617

Paulatinamente, el sol iba perdiendo la batalla. Un día más, la noche obtendría la victoria frente a su rival diurno. Estaba allí, sereno, apaciguado, respirando la paleta de tonos ocres que la tarde de un prematuro equinoccio de otoño me ofrecía desinteresadamente.

Sentado en una roca, bajo la ampulosa copa de una centenaria encina, observaba detenidamente cómo la sombra del árbol adquiría dimensiones mayores, hasta que quedaba dormida en la oscuridad de un manto de cereales e hierbas silvestres.

En el momento de exhalar la última bocanada de cigarro, una huesuda mano se apoyó levemente sobre mi hombro. Como si de un instinto primario y animal se tratara, eché su espalda violentamente hacia delante, tratando de desembarazarme de la mano, cuando de repente, me vi en mi cama, tendido boca arriba, emanando sudor por los poros de mi piel.


Otro sueño frágil. Ya no sabía cuántos habían sucedido aquella noche en la que lo único que parecía perdurar era el monótono llanto de un cielo encapotado y la desesperación por no ser el elegido por Morfeo para tener un sueño no ya longevo, sino al menos satisfactorio.

Eran ya muchas las noches en las que seguía aplicando el inútil y falaz protocolo que me garantizara un puñado de horas de sueño en fase REM. Igualmente, eran ya muchas las noches en que me retorcía en la cama, suplicando a mi almohada, al somier y al la puñetera pintura blanca que me vigilaba desde el lado opuesto de la cama, que se aliaran conmigo para resolver la inaguantable sensación que me tenía atado de pies y manos, que me presionaba el pecho, que me azotaba con un látigo de cuero la cabeza.

Era imposible. La sensación no era más que producto de un conglomerado de sentimientos y pensamientos que no sabía cómo etiquetar. Solo sabía que la alexitimia me nublaba el juicio y me amordazaba la boca, sin ser capaz de expresar mi estado actual. Era la falta de raciocinio, o la excesiva emotividad que dirigía mi vida, una u otra, las responsables de la debacle de mis últimos días a la que estaba asistiendo.

Una vuelta. Otra vuelta. Miraba el gotelé de la pared, sintiendo unas terribles ganas de arrancarlo con mis uñas, víctimas de la onicofagia nerviosa. Arrancar los recuerdos que quedaban en las paredes, celoso de que otro arrendatario fuera conocedor de los tiempos de bonanza y miseria vividos en la minúscula habitación.
Volvía a taparme con la sábana, la manta y el edredón, a pesar de la alta temperatura que había alcanzado mi cuerpo. En su refugio me sentía seguro. Murmuraba al embozo de la sabana, lo retorcía cuando trataba de argumentar mi nefasta coyuntura, y lo arrojaba contra la pared cuando me desesperaba. “Maldita sea”, es lo único que acertaba a decir. Eso, y el “por qué a mí”, o “qué he hecho o qué hago mal”.

No tengo necesidad de buscar jueces que emitan mi sentencia. Yo soy el mejor de todos ellos, equilibrando, eso sí, la balanza a mi desfavor. Tampoco busco psicólogos que traten de definir mi estado enfermizo. Yo me redacto los diagnósticos sin necesidad de asistir a un gabinete. Mis terapias se han reducido a deambular por las estancias de mi casa, abriendo la puerta de cada una de ellas, y soñando, ¡iluso de mí!, que allí seguías.

La terapia se combina con contar los días que me quedan para despojarme de la ropa de invierno y los temores, con unos tragos a cervezas de lata y caladas a cigarrillos frente a la pantalla de este ordenador, que se ha convertido en la ventana por la que accedo a tu nueva realidad, esa que te hace sentir eufórico, pero también te enerva cuando las circunstancias son disonantes.

Me enseñaron a tener paciencia. Pero se me ha agotado. Imploro a Dios,  a la Virgen, al Karma y a los miembros de mi árbol genealógico, para que me cedan un puñado que me hagan más llevadero estos días. Busco reservas en los bolsillos de la americana, en las vueltas del pantalón de pitillo, y entre las carpetas de las asignaturas de la licenciatura. Nada. No la consigo. Vanos intentos.


La lluvia amaina, el cielo se ha desahogado. Son las tres de la madrugada. Heroicamente me siento algo más agotado, sin haber llegado a ninguna conclusión. En un recoveco de mi mente suena esa línea melódica que reproduzco para llegar a la meta de la noche. Parece que lo consigo. Sí. La voz interna se ha callado, y sin articular mantra alguno, saboreo un sueño con una vida de cinco horas. 

lunes, 29 de septiembre de 2014

Vómito. Calma. Insomnio.

Me tiembla el pulso. En realidad, mi inconsciente es muy inteligente, y no quiere que meta la llave por la cerradura. Abrir esa puerta, cruzar el umbral, y desandar el pasillo que me llevará a la habitación de escasos metros cuadrados, ocupada por una cama de ochenta y cinco centímetros y unos pocos muebles de calidad Ikea.
Una cama que se me quedará grande. Una cama en la que tú no dormirás hoy. Una habitación en la que no te encontraré al llegar a casa.
Es un hecho. Te acabas de marchar. No han pasado ni tres horas desde que salí del Aeropuerto, abrumado por un crisol de emociones a las que no sabría ponerles nombre -en parte, por el tiempo que transcurrió desde la última vez que las experimenté- y estoy tratando torpemente de recoger con un cepillo y un recogedor los trozos de felicidad que han quedado en mi habitación, junto con algún kleenex y el envoltorio de la tarjeta de videojuegos que te compraste conmigo.
No sé qué hacer en estos momentos. Me siento paralizado. Me encantaría ordenar la habitación, pero mi cuerpo me pide tirarme a la cama. Respirar la fragancia de tu piel que dejaste impregnada en las sábanas. Arroparme con ellas. Apagar la luz. Cerrar los ojos. Dormir.
Es inútil. Hoy no podré conciliar el sueño tan fácilmente. Y queda descartado tomarme una tila, un milagro herbáceo marca blanca, una benzodiacepina, o cualquier combinado en la barra del bar de la esquina, escuchando las desgracias emitidas por una televisión de plasma, ahogadas por el sonido penetrante de la máquina tragaperras cuyas teclas son golpeadas por un viejo desdentado. Prefiero no dormir. Prefiero coger un papel, un bolígrafo, y dibujar con mi caligrafía el pasado que hemos vivido juntos y el futuro que me espera a tu lado, mientras consigo que la tinta se corra con la caída en libre de una lágrima. Y, con algo de suerte, caeré en la cama, abrazando a la nada, o a mi perro de peluche, que se ha prestado a sustituirte, aunque le he dicho al oído que no le quiero más que a ti.
Me he recortado la barba, ¿sabes? No lo he hecho por romper la promesa que te hice, ni tampoco porque me molestara, sino por una entrevista que tendré mañana. La máquina tiraba de mis pelos provocándome un dolor ridículo. En pocas horas me he visto despojado de tu presencia, y hace unos instantes de mi barba, sintiéndome indefenso, vulnerable, atemorizado por el mañana. Un mañana en el que, obviamente, no estarás junto a mí.
Podría seguir escribiendo. Sigo sin tener sueño. Y la opción de las benzodiacepinas está tomando más fuerza. Pero no quiero drogarme cuando sé que la mayor droga eres tú. Porque ni el éxtasis, ni el LSD, ni cualquier otra droga de diseño, puede provocar lo que tú has incitado en mí estas últimas semanas. Ni la subida en la noria -¿te acuerdas?- en la feria puede servir como aproximación a lo que has despertado en mí.
Y ahora comienzo a ser víctima del llamado “síndrome de abstinencia”. También de una inestabilidad emocional -apelemos a ella como “neuroticismo”- que se agudizará en los momentos en que recorra los rincones del Madrid que te quise mostrar y que, cuando vuelva a pasar por ellos, mis labios dibujarán la más nostálgica de las sonrisas y mis ojos se verán incapaces de derramar lágrimas. Y recordaré la foto que me pediste que te hiciera ante la Puerta de Alcalá, la que te tomé en “Tiempos Modernos” con mi camiseta de rayas, o el banco en el que nos sentamos a descansar en los Jardines de Sabatinni, sin pasar por alto las baldosas que pisamos por el Barrio de Salamanca la primera noche en que te llevé a mi casa, mientras nos besábamos sin ser conscientes de que el paso del tiempo es el arma que más dolor puede proferir a dos personas que se quieren sin condiciones.
Y, lo mejor de todo, es tener la esperanza de cerrar el paréntesis que se ha abierto en el momento en que has atravesado el arco de seguridad del aeropuerto. Porque sé que estoy viviendo en una cadencia que no se ha resuelto todavía, en el desarrollo de un primer movimiento de Sinfonía que busca llegar a la reexposición, en una trama argumental que anhela el final feliz de toda historia feliz.


-Quedo eternamente en deuda contigo. Sí, contigo. Tú has sido fiel conocedora de cada página de esta historia. De mis ilusiones y temores. Por ello, una vez más, te doy las gracias.-

lunes, 15 de septiembre de 2014

Septiembre. Esto despiertas en mí.

Delante de mí tengo un documento en blanco. Los dedos, apoyados correctamente (tal y como me enseñaron en las clases de mecanografía) sobre el teclado del portátil.
Siento miedo. Se despierta en mí una sensación de angustia. De ansiedad. De temor. De fobia. Emociones negativas. Adversas. ¿Qué hago ahora?
Casualmente, eso es lo que siento ante la vida. Me encuentro frente a un abismo atroz. En ese abismo me acompaña un látigo, en mi mano derecha (para todo soy diestro). En intervalos breves de tiempo lo sacudo sobre mi propia persona. Es placentero o, al menos, siento que encuentro gozo al fustigarme minuto tras minuto.
Me encanta sacudirme con él. Cada vez que pienso lo inútil que soy, lo inservible que me siento, que mi contribución a la sociedad está siendo más parca de lo que proyecté en un tiempo anterior, lo tomo con fuerza y me atizo. Una vez. Otra vez. Otra vez más. No caen lágrimas de mis ojos, pero mi alma llora a borbotones. Siento un manantial de tristeza dentro de mí.
¿Qué ha fallado? ¿Acaso mi plan no era perfecto? Yo era un estudiante aplicado, con las preocupaciones de cualquier estudiante. Clases. Prácticas. Exámenes. Calificaciones. Verano de sol y piscina. Alcohol y más alcohol. Eso se acabó ya.
Y ahora, ¿qué?
Trabajar.
Sería un placer enrolarme en ese verbo de acción.
Placer. Como el que encuentro al aplicar sobre mí los golpes de ese látigo que creé yo a lo largo de mi vida.
No hay trabajo.
“Si no podemos establecer un convenio de colaboración con tu universidad o escuela de formación, lamentamos decirle que no puede continuar en el proceso”. Lamentamos no poder contar con usted para poder explotarle como un “becario” con un maravilloso “contrato de formación”, remunerado con un puñado de euros y una jornada laboral que agota hasta a las manecillas de su reloj.
“Si no tiene experiencia laboral previa, no puede formar parte de nuestro equipo de trabajo”. Le agradezco que me vete la oportunidad para trabajar. Así, mi experiencia irá en crescendo, gracias a empresas, instituciones y organizaciones que brindan la oportunidad a los jóvenes sobrecualificados, pero sin experiencia que contar en sus currículums.
“Está demasiado formado para el trabajo que ofrecemos. Lo sentimos mucho”. Si lo hubiera sabido años antes, habría estudiado una Formación Profesional, o incluso me hubiera bastado con conseguir el Título de Educación Secundaria.
Omisión de respuesta”. “Entrega de tu currículum a las papeleras y destructoras de papel”.
Empecé hablando de mi látigo, y he espetado los diversos argumentos que me ofrecen, vía telefónica, para expresar su renuncia a elegirme como persona que aspira a un puesto de trabajo.
Y mientras me rechazan, me voy dando con mi látigo.
Y mientras me doy dando con mi látigo, pasan los días.
Primero uno. Luego otro. Todos iguales. Sacados del mismo patrón.
Del patrón del hastío y la monotonía.
Patrones que yo no diseñé, pero han sido implementados en mi vida.
¿Acaso no soy yo quien decide qué hacer con mi vida propia?
Debería ser así, pero juego en un entorno que pone las reglas del juego. No quiero aceptar esas reglas. No quiero jugar en este juego en el que siempre salgo perdiendo.
Veo la salida de este túnel, que he tratado de desdibujar en este escrito a través de oraciones simples, yuxtapuestas, coordinadas y alguna que otra subordinada, está fuera.
Fuera de Madrid. Fuera de España.
¿Fuera de esta vida? No. Creo que todavía merece la pena. ¿Qué podría presentar como argumentos a favor de esta proposición? ¿Familia? ¿Amigos? ¿Tú? Sí. Todos podrían servirme.
Aunque hay días que prefiero poner fin cobardemente a la historia comenzada un cuarto de siglo, a pesar de lo que -familia, amigos, tú- podrían objetar. Aquellos días en que:
-          Veo la cama como el lugar idóneo donde refugiarme de los problemas.
-          Llorar es placentero.
-          Cogería una caja de cualquier psicofármaco y sería mi desayuno de los campeones derrotados.
-          Dejo pasar cada segundo de mi vida sin hacer nada. Sin pena ni gloria.
-          Me siento como una persona que no sirve para nada. Ni tan siquiera para vivir.
Otros días me retracto de estos pensamientos, y prefiero salir de la cama para enfrentarme de los problemas, cierro el grifo de lágrimas, llevo una alimentación sana y equilibrada, me siento activo cada instante de mi vida, creyendo que puedo aportar algo a una comunidad o a la sociedad en general.
Creo que me siento algo mejor, tras haber derramado en papel todo lo que siento en estos momentos. También ha contribuido el hecho de operativizar un deseo que llevo persiguiendo durante bastantes meses, y es el de consagrar un par de horas al día a la ayuda a aquellos que más lo necesitan.
Ahora vuelvo a sentirme peor. La sombra se cierne sobre mí, impidiendo avanzar por un camino en que la claridad la dejé meses, quizás años atrás.  La losa cae sobre mi espalda; pesa demasiado para mí, mas es mi losa, y soy yo quien debe llevarla.

Vuelvo a sentirme mejor, pero es una falsa ilusión. No puedo vivir en los recuerdos.


Estoy subido en una montaña rusa. No me quiero bajar, aunque lo haya pensado muchas veces.