Los niños pierden la ilusión cuando se
enteran de que los Reyes Magos no existen. Mi ilusión se esfumó a los meses de
alistarme en una relación sentimental. Los niños, a pesar de ello, aguardan
cada Navidad para recibir sus regalos, arrancar envoltorios con colores
intensos y sonreír al ver que sus deseos se cumplieron. Yo, en cambio, llego a
casa sin ganas de recibir una muestra de cariño y de afecto, y por supuesto de
corresponderla. Porque el amor, al igual que mi ilusión, fueron tragadas por la
fuerza del agua, adentrándose por el sumidero de la bañera día tras día, junto
con la espuma, algún que otro pelo, una líbido a la altura de mis pies y una
apatía de Ph neutro y glicerina.
No hay peor error por parte del ser
humano en negar lo innegable, en querer desviar la mirada y la atención hacia
un foco distinto al de donde se encuentra el problema, en contener la
respiración para no oler más la mierda que pisas, que te salpica el rostro, y
te mancha la ropa y el alma. A mí me encanta cometer errores. Tengo algún rasgo
de personalidad que me invita a errar todo lo posible y más, o quizás no
funciona bien mi corteza prefontal, área del cerebro encargada de los procesos
de toma de decisiones, entre otras funciones. Sí, yo creo que debe ser eso. Un
fallo cognitivo o de personalidad que me induce a cometer errores, cada vez más
insalvables.
Porque nunca fui profeta de la
perfección personal. ¿Que traté de alcanzarla? Sí, por supuesto, dado que soy
hombre de retos. Pero hacer acopio de las cualidades mejor valoradas en esta
sociedad tan exigente puede llevarte a la firma de tu propia derrota, sellando
un armisticio no en Versalles, sino en el retrete de tu casa. Teniendo este
conocimiento, dirigí mis esfuerzos en ser una persona lo que se dice común, sin
tratar de destacar, aunque lo conseguí para ti. El comienzo de la ecuación
parecía perfecta, un equilibrio imperturbable entre ambos lados de la igualdad.
Tú. Yo. Sin embargo, cuando tratamos de despejar la incógnita del futuro era
demasiado compleja: un número negativo, una raíz cuadrada, un número
irracional, un géiser de acusaciones, un movimiento de placas tecnónicas y un
desplome de mi integridad personal. La ecuación se transformó en una
inecuación.
Una inecuación que se resiste a ser
resuelta satisfactoriamente. Tomamos hojas en blanco, sacamos punta al lápiz, y
comenzamos a formular distintas soluciones. La punta se quiebra, el grafito no
es lo suficientemente intenso como para distinguir el trazo del inmaculado
papel, no recordamos cómo despejar incógnitas, nos resultan ajenas expresiones
como “más que”, “menos que” o “igual que”,… y al final, fruto de la ira,
arrugamos la hoja, hacemos con ella una bola, y tratamos de encestarla en la
papelera, acción vana, pues cae a escasos centímetros de su destino esperado.
No sabemos resolver inecuaciones,
porque no nos enseñaron a resolverlas. Piden tener conocimientos específicos,
competencias, como ahora se acostumbra a decir, que no es más que la
convergencia de conocimientos, habilidades, destrezas, actitudes y otros factores
psicológicos. También es necesaria la ilusión que esconde el despejar la
incógnita, junto con la motivación (intrínseca, a ser posible), pero recuerdo
que mi ilusión se fue por el sumidero de la bañera. Al menos la mía. Y tengo
muchos conocimientos en álgebra, pero no me siento con ganas de seguir
aplicándolos para lograr la resolución de expresiones matemáticas.
Tú tomas la bola de papel arrugada –
sí, aquella que no fue depositada en la papelera – la aprietas con una falsa templanza,
y comienzas a apretarla con la ayuda de tu mano. No contento con tirármela y
ver que no me hace daño alguno, tomas el plumier. Sacas los lápices perfectamente
colocados, y me das con ellos. Me los arrojas a mi cara. Caen al suelo,
pudiéndose percibir un efecto sonoro bello y delicado cuando ruedan por el
suelo. Y los vuelves a tomar, con un mayor ahínco, y me los clavas en mi piel,
me los introduces por mis fosas nasales, por mi boca. Y yo, teniendo la
solución en un holograma mental, caigo en el mutis, brindando conmigo mismo por
la resistencia y el fin de la trama con agua de clemencia endulzada con piedad.
Y acabo derrumbándome. Porque soy
frágil, aunque siempre camine por la vida con mi armadura. Porque soy
compasivo, y te cedo la solución que encontré a la inecuación. Porque soy humilde,
y reconozco que no operé bien al principio. Pero ya es tarde. No sirve de nada
escribir la solución sin haberla meditado conjuntamente.
Al final acabo comportándome como un
púber rebelde, que no quiere dar explicaciones a sus figuras paternas, ni
tampoco quiere continuar estudiando. Aboga por el absentismo. Yo, púber
rebelde, me cierro en mí mismo, porque desde hace tiempo dejé de sentir interés
en leerte la mente y hacer estúpidas reseñas, estudiar la anatomía de tus
pensamientos, a resolver los problemas de las clases de álgebra
afectivo-emocional y de probabilidad siendo “x” la variable aleatoria “manipulación”
bajo un ensayo de Bernoulli; a dibujar tu figura histriónica a carboncillo o
con acuarelas, a componer acordes para preludios anunciadores de finales, a
hacer esquemas sobre la historia de tus lagunas personales.
Y saldré mañana a la calle, con un
sentimiento ambivalente y confuso. Veré el espíritu de Festinger a lo lejos,
advirtiéndome de la disonancia cognitiva en la que me he embarcado. De un lado
estará el temor y el miedo a las críticas, a los juicios de escaso fundamento y
alta visceralidad, a poder ser lapidado por tus secuaces; de otra parte veo un
haz de esperanza, de cambio, de reencuentro conmigo mismo. Cruzaré cabizbajo el
umbral de la puerta, a la altura del Río Mapocho me erguiré, y al llegar a mi puesto
de trabajo la brisa fría de un mayo otoñal me hará revivir.
Queda mucho por vivir a este lado del
charco. La aventura no finaliza aquí. Comienza lo verdaderamente esperado. Mi
ilusión no se me escapará por la bañera.
