Cuatro menos veinte de la madrugada. Cielo
impoluto. Silencio quebrado por el paso de algún taxi en la templada noche que
descansa sobre los adoquines de la metrópoli. Yema del dedo índice sobre el
botón. Se abre la puerta. “Gracias, buenas noches”. Formalismos para establecer
algún tipo de relación anodina con el fámulo de turno, cruzando cabizbajo el
umbral de la puerta, sin detenerse a contemplar los abalorios luminosos propios
de las fechas hiperglucémicas que pisan los talones.
Oscuridad. Melodía ascendente y descendente que
viola el silencio de que impera en la estancia. Mientras se descalza, camina
dubitativamente hacia el botiquín, sin saber si tomar un antiinflamatorio o una
de esas pequeñas píldoras que le transportaban a una realidad paralela e
inconexa con este mundo. Su historia personal y su persistente juez le invitan
a ingerir una de esas cápsulas que llevan por nombre “Ibuprofeno”.
Con la ropa en la mano derecha, el móvil en la
zurda, y vestido con el sudor del trabajo y del verano incipiente, se dispone a
penetrar sigilosamente en la habitación. Su compañero, bañado por los reflejos
rojizos de la luz de las farolas que atraviesa la ventana, respira pausadamente.
Un ardiente deseo de abrazarle, sentir su piel, besarle, hacerle una síntesis
de su jornada laboral, le brota de su mente; pero ésta misma le frena, pues
vela por el descanso de su compañero de cama y de vida.
Recostado sobre el colchón, decidió abrir esa
cajita que reposa sobre el velador, para mantenerse despierto unos cuantos
minutos más, o incluso una hora. La cajita, bautizada con la etiqueta
“insomnio”, celosamente guardaba todos aquellos recuerdos, inquietudes,
preocupaciones, obligaciones y demás fórmulas que le despojaban del sueño
reparador. Incapaz de dejarla en España, la echó en alguna de las maletas que
facturaron un par de semanas atrás.
No sabía qué imagen escoger, qué imagen abrazar,
con qué imagen jugar, y qué imagen clavar sobre su pecho recostado en el lecho.
¿Familia? ¿Amistades? ¿Últimas impresiones del Madrid que le vio entristecerse?
¿Las calles de esa villa llana que tanto desgastó con sus paseos? Conforme iba
cogiendo imágenes y las iba apilando en el lado opuesto al que descansaba su
compañero, iba anudándose la corbata de la tristeza, una corbata que le
sumergía en un estado difícil de describir, a pesar de rebuscar entre las
tantas palabras que encerraba su léxico.
Cerraba los ojos, y sentía estar con uno de los
pijamas de invierno, cubierto por las mantas de su lecho, hipnotizado por el
rítmico tic-tac del despertador que le daba religiosamente los buenos días.
Todo eso quedó atrás. Cogía esa imagen por los bordes, la examinaba una y otra
vez (con el pijama, las mantas, el tic-tac), pareciéndole ajena, como si su
dueño fuera otra persona y no él mismo.
El abrazo de ella en la estación de tren. ¿Cuándo
volvería a sentir ese abrazo? ¿Cuándo volvería a ver esa sonrisa? ¿Cuándo
volvería a perderse en los circunloquios que creaban postrados en los taburetes
de la barra de aquel bar de Malasaña? ¿Cuándo volverían a reír, llorar y sufrir
juntos, compartiendo el mismo espacio?
Su cajita le vigilaba desde el velador. Le
invitaba a tomar una imagen. Le susurraba al oído, reproduciéndole diálogos de
un pasado no tan lejano. Advertencias. Consejos. Orientaciones. Reproches. Reproches.
Orientaciones. Consejos. Advertencias. El resbalón de una puerta que se abre.
La caída del tenedor y su consecuente rebotar sobre el suelo. La megafonía del
ascensor. La fricción de los zapatos contra el felpudo. El ralentí del coche.
La última obra interpretada.
La última pista reproducida del disco de vinilo de
los setenta.
La última vista al Madrid de los Austrias.
Las últimas palabras emitidas entre lágrimas sin
enjugar en la terminal, ahogadas por abrazos.
Calderón que reposa sobre el silencio de redonda.
Fin del acto XVI
(Interludio de menos de
veinticuatro horas)
Siempre el sueño acaba venciendo a la vigilia en
las noches de cuarto creciente. Con ayuda de fórmulas magistrales conseguidas en farmacias de barrio o con ayuda del cansancio.