Delante de mí tengo un documento en blanco. Los dedos,
apoyados correctamente (tal y como me enseñaron en las clases de mecanografía)
sobre el teclado del portátil.
Siento miedo. Se despierta en mí una sensación de angustia.
De ansiedad. De temor. De fobia. Emociones negativas. Adversas. ¿Qué hago
ahora?
Casualmente, eso es lo que siento ante la vida. Me
encuentro frente a un abismo atroz. En ese abismo me acompaña un látigo, en mi
mano derecha (para todo soy diestro). En intervalos breves de tiempo lo sacudo
sobre mi propia persona. Es placentero o, al menos, siento que encuentro gozo
al fustigarme minuto tras minuto.
Me encanta sacudirme con él. Cada vez que pienso lo inútil
que soy, lo inservible que me siento, que mi contribución a la sociedad está
siendo más parca de lo que proyecté en un tiempo anterior, lo tomo con fuerza y
me atizo. Una vez. Otra vez. Otra vez más. No caen lágrimas de mis ojos, pero
mi alma llora a borbotones. Siento un manantial de tristeza dentro de mí.
¿Qué ha fallado? ¿Acaso mi plan no era perfecto? Yo era un
estudiante aplicado, con las preocupaciones de cualquier estudiante. Clases.
Prácticas. Exámenes. Calificaciones. Verano de sol y piscina. Alcohol y más
alcohol. Eso se acabó ya.
Y ahora, ¿qué?
Trabajar.
Sería un placer enrolarme en ese verbo de acción.
Placer. Como el que encuentro al aplicar sobre mí los
golpes de ese látigo que creé yo a lo largo de mi vida.
No hay trabajo.
“Si no podemos establecer
un convenio de colaboración con tu universidad o escuela de formación,
lamentamos decirle que no puede continuar en el proceso”. Lamentamos no poder contar con usted
para poder explotarle como un “becario” con un maravilloso “contrato de
formación”, remunerado con un puñado de euros y una jornada laboral que agota
hasta a las manecillas de su reloj.
“Si no tiene experiencia
laboral previa, no puede formar parte de nuestro equipo de trabajo”. Le agradezco que me vete la
oportunidad para trabajar. Así, mi experiencia irá en crescendo, gracias a empresas, instituciones y organizaciones que
brindan la oportunidad a los jóvenes sobrecualificados, pero sin experiencia
que contar en sus currículums.
“Está demasiado formado
para el trabajo que ofrecemos. Lo sentimos mucho”. Si lo hubiera sabido años antes,
habría estudiado una Formación Profesional, o incluso me hubiera bastado con
conseguir el Título de Educación Secundaria.
“Omisión de respuesta”.
“Entrega de tu currículum a las papeleras
y destructoras de papel”.
Empecé hablando de mi látigo, y he espetado los diversos
argumentos que me ofrecen, vía telefónica, para expresar su renuncia a elegirme
como persona que aspira a un puesto de trabajo.
Y mientras me rechazan, me voy dando con mi látigo.
Y mientras me doy dando con mi látigo, pasan los días.
Primero uno. Luego otro. Todos iguales. Sacados del mismo
patrón.
Del patrón del hastío y la monotonía.
Patrones que yo no diseñé, pero han sido implementados en
mi vida.
¿Acaso no soy yo quien decide qué hacer con mi vida propia?
Debería ser así, pero juego en un entorno que pone las
reglas del juego. No quiero aceptar esas reglas. No quiero jugar en este juego
en el que siempre salgo perdiendo.
Veo la salida de este túnel, que he tratado de desdibujar
en este escrito a través de oraciones simples, yuxtapuestas, coordinadas y
alguna que otra subordinada, está fuera.
Fuera de Madrid. Fuera de España.
¿Fuera de esta vida? No. Creo que todavía merece la pena.
¿Qué podría presentar como argumentos a favor de esta proposición? ¿Familia?
¿Amigos? ¿Tú? Sí. Todos podrían servirme.
Aunque hay días que prefiero poner fin cobardemente a la
historia comenzada un cuarto de siglo, a pesar de lo que -familia, amigos, tú-
podrían objetar. Aquellos días en que:
-
Veo
la cama como el lugar idóneo donde refugiarme de los problemas.
-
Llorar
es placentero.
-
Cogería
una caja de cualquier psicofármaco y sería mi desayuno de los campeones
derrotados.
-
Dejo
pasar cada segundo de mi vida sin hacer nada. Sin pena ni gloria.
-
Me
siento como una persona que no sirve para nada. Ni tan siquiera para vivir.
Otros días me retracto
de estos pensamientos, y prefiero salir de la cama para enfrentarme de los
problemas, cierro el grifo de lágrimas, llevo una alimentación sana y
equilibrada, me siento activo cada instante de mi vida, creyendo que puedo
aportar algo a una comunidad o a la sociedad en general.
Creo que me
siento algo mejor, tras haber derramado en papel todo lo que siento en estos
momentos. También ha contribuido el hecho de operativizar un deseo que llevo
persiguiendo durante bastantes meses, y es el de consagrar un par de horas al
día a la ayuda a aquellos que más lo necesitan.
Ahora vuelvo a
sentirme peor. La sombra se cierne sobre mí, impidiendo avanzar por un camino
en que la claridad la dejé meses, quizás años atrás. La losa cae sobre mi espalda; pesa demasiado
para mí, mas es mi losa, y soy yo quien debe llevarla.
Vuelvo a
sentirme mejor, pero es una falsa ilusión. No puedo vivir en los recuerdos.
Estoy subido en
una montaña rusa. No me quiero bajar, aunque lo haya pensado muchas veces.
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