I just can't escape my thoughts

I just can't escape my thoughts

viernes, 16 de mayo de 2014

No existe la gama de grises

No existe la gama de grises.
Las artes plásticas lo recogen en sus tratados, al igual que los libros de texto escolares, que el gris es un continuo que va desde el blanco hasta el negro, y desde éste hasta el blanco. En función de la saturación de un color u otro, podemos obtener el gris que más se ajuste a nuestras pretensiones.
Mi día a día también queda impregnado de una escala de grises, o eso me hacen ver las teorías, formulaciones y principios de intervención psicológicas. No es así. Es un error. Día tras día refuto todas las hipótesis. Y es que en mi día a día no contemplo ese equilibrio.
¡Qué estupidez ésta la de comparar el blanco y el negro con los estados emocionales! Efectivamente, pero cuando haces del asiento de un medio de transporte el lugar por excelencia donde recuperar las horas de sueño que el despertador te arrebata, las reflexiones que dan el pistoletazo de salida a partir de las diez de la noche no pueden ser demasiado sensatas. ¿O sí?
Porque…
… ¿quién no ha vivido un período de su vida, un instante de la misma (o lleva viviendo así desde que tiene cierta madurez) en que sufre una guerra interna entre dos grupos rivales, dos potencias enemistadas como son la razón y el instinto?
Lectores que os hayáis detenido en este espacio y vuestra respuesta haya sido negativa. Enhorabuena por vosotros, me congratulo de vuestro equilibrio mental. Ahora bien, resto de mortales, quizás con estas líneas os sintáis identificados, mas no podré ofreceros solución alguna, ya que el intrusismo laboral es una praxis mal vista en esta sociedad tan moral.
La razón ¡oh! ¡Tú que pretendes llevarnos por el buen camino! ¡Tú, que con tus sabios y oportunos consejos, tratas de hacernos hombres de provecho! Tú, que nos recitas día tras día, minuto tras minuto, qué es lo que tenemos que hacer, cómo lo tenemos que hacer, por qué lo tenemos que hacer, cuáles son las consecuencias de vulnerar las reglas.
Tú, razón, sombra de día y de noche, que sólo te preocupas por mantenernos en el camino correcto, deseado, admirado, loado por todos los que esperan que no seas la oveja descarrilada. Razón, fuerte como tú misma que, en cuanto no sigo tu criterio dictatorial, me privas de mi ociosidad, y cargas sobre mí el castigo de la conciencia. Castigo, por dejar pasar el tiempo, por no hacer lo correcto, por haberme inmiscuido en actos deleznables…
Razón, deja que al menos escriba algo sobre el instinto.
Instinto. Sí, tú. Despierta. Ahora la razón, aunque sigue latente, le he pedido que te expreses.
(Manifiesto del instinto)
“Quédate cinco minutos más en la cama. No vayas a trabajar. Quédate en casa. Si te apetece ese cigarro, ¡fúmatelo, pero ya! Busca tus momentos de intimidad en el baño. Encuéntrate con tu sexo.  Escríbele, que lo estás deseando. ¿Te dijeron de salir de fiesta? ¡Accede! Y nada de volver a las dos o a las tres porque la pesada conciencia, voz de la razón te diga que mañana tienes que madrugar… No vayas a esa clase: la temperatura casi estival invita a que te tumbes en el césped, acompañado de cerveza, o vino, ¡o ambos!”
Instinto, te has excedido. Pero tienes razón. Sí, tú eres el que tratas de dirigirme por los caminos del placer, siempre con argumentos sólidos tales como “Si no lo haces ahora, ¿cuándo lo harás?” “Mañana será demasiado tarde, ¡hazlo ahora!” “El que no arriesga, no gana”… y así hasta conducirme hacia un terreno de exaltación, de júbilo, de alborozo, de euforia; perdiendo la noción del tiempo, la responsabilidad en mis deberes, la sensación de control. Contigo, por los poros de mi piel, segrego regocijo, excitación, serotonina,…
Hasta el momento en que tú, instinto, me abandonas, y se apodera de mí la razón:
“Inútil, más que inútil. ¿Qué has conseguido con las tres copas de más que ingeriste ayer? Cefaleas tensionales, que te incrementan porque sabes que ahí, sí, ahí, sobre el escritorio, reposa tu futuro, al que le diste anoche la espalda por las risas y las patrañas de tienda de ultramarinos…
“No sé cómo no te da vergüenza el que tú, hombre maduro, hayas permitido quedarte holgazaneando en la cama, cuando todo el mundo está atendiendo sus deberes, está haciendo frente a los problemas de la vida, mientras tú decides huir de ellos y escudarte en una sábana de algodón que es igual de frágil que tu valentía para dar solución a los rompecabezas de tu vida…”
Y mientras tanto, intento juntarme con vosotras, razón e instinto, y  sellar conjuntamente una Paz de Versalles, para que me dejéis vivir conforme, ¿a qué? ¿A lo que me salga de mis entrañas? ¿A lo que mi cognición me prescriba?

La gama de grises no es capaz de guiar nuestra vida… 

No hay comentarios:

Publicar un comentario