No existe la gama de
grises.
Las artes plásticas lo
recogen en sus tratados, al igual que los libros de texto escolares, que el
gris es un continuo que va desde el blanco hasta el negro, y desde éste hasta
el blanco. En función de la saturación de un color u otro, podemos obtener el
gris que más se ajuste a nuestras pretensiones.
Mi día a día también queda
impregnado de una escala de grises, o eso me hacen ver las teorías, formulaciones
y principios de intervención psicológicas. No es así. Es un error. Día tras día
refuto todas las hipótesis. Y es que en mi día a día no contemplo ese
equilibrio.
¡Qué estupidez ésta la de
comparar el blanco y el negro con los estados emocionales! Efectivamente, pero
cuando haces del asiento de un medio de transporte el lugar por excelencia donde
recuperar las horas de sueño que el despertador te arrebata, las reflexiones
que dan el pistoletazo de salida a partir de las diez de la noche no pueden ser
demasiado sensatas. ¿O sí?
Porque…
… ¿quién no ha vivido un
período de su vida, un instante de la misma (o lleva viviendo así desde que
tiene cierta madurez) en que sufre una guerra interna entre dos grupos rivales,
dos potencias enemistadas como son la razón y el instinto?
Lectores que os hayáis
detenido en este espacio y vuestra respuesta haya sido negativa. Enhorabuena
por vosotros, me congratulo de vuestro equilibrio mental. Ahora bien, resto de
mortales, quizás con estas líneas os sintáis identificados, mas no podré
ofreceros solución alguna, ya que el intrusismo laboral es una praxis mal vista
en esta sociedad tan moral.
La razón ¡oh! ¡Tú que
pretendes llevarnos por el buen camino! ¡Tú, que con tus sabios y oportunos
consejos, tratas de hacernos hombres de provecho! Tú, que nos recitas día tras
día, minuto tras minuto, qué es lo que tenemos que hacer, cómo lo tenemos que
hacer, por qué lo tenemos que hacer, cuáles son las consecuencias de vulnerar
las reglas.
Tú, razón, sombra de día y
de noche, que sólo te preocupas por mantenernos en el camino correcto, deseado,
admirado, loado por todos los que esperan que no seas la oveja descarrilada.
Razón, fuerte como tú misma que, en cuanto no sigo tu criterio dictatorial, me
privas de mi ociosidad, y cargas sobre mí el castigo de la conciencia. Castigo,
por dejar pasar el tiempo, por no hacer lo correcto, por haberme inmiscuido en
actos deleznables…
…
Razón, deja que al menos
escriba algo sobre el instinto.
Instinto. Sí, tú.
Despierta. Ahora la razón, aunque sigue latente, le he pedido que te expreses.
(Manifiesto del instinto)
“Quédate cinco
minutos más en la cama. No vayas a trabajar. Quédate en casa. Si te apetece ese
cigarro, ¡fúmatelo, pero ya! Busca tus momentos de intimidad en el baño. Encuéntrate con tu sexo. Escríbele, que lo estás deseando. ¿Te dijeron de salir de fiesta? ¡Accede! Y nada
de volver a las dos o a las tres porque la pesada conciencia, voz de la razón
te diga que mañana tienes que madrugar… No vayas a esa clase: la temperatura
casi estival invita a que te tumbes en el césped, acompañado de cerveza, o
vino, ¡o ambos!”
Instinto, te has excedido.
Pero tienes razón. Sí, tú eres el que tratas de dirigirme por los caminos del
placer, siempre con argumentos sólidos tales como “Si no lo haces ahora,
¿cuándo lo harás?” “Mañana será demasiado tarde, ¡hazlo ahora!” “El que no
arriesga, no gana”… y así hasta conducirme hacia un terreno de exaltación, de júbilo,
de alborozo, de euforia; perdiendo la noción del tiempo, la responsabilidad en
mis deberes, la sensación de control. Contigo, por los poros de mi piel,
segrego regocijo, excitación, serotonina,…
Hasta el momento en que
tú, instinto, me abandonas, y se apodera de mí la razón:
“Inútil, más
que inútil. ¿Qué has conseguido con las tres copas de más que ingeriste ayer?
Cefaleas tensionales, que te incrementan porque sabes que ahí, sí, ahí, sobre
el escritorio, reposa tu futuro, al que le diste anoche la espalda por las
risas y las patrañas de tienda de ultramarinos…
“No sé cómo no te
da vergüenza el que tú, hombre maduro, hayas permitido quedarte holgazaneando
en la cama, cuando todo el mundo está atendiendo sus deberes, está haciendo
frente a los problemas de la vida, mientras tú decides huir de ellos y
escudarte en una sábana de algodón que es igual de frágil que tu valentía para
dar solución a los rompecabezas de tu vida…”
Y mientras tanto, intento
juntarme con vosotras, razón e instinto, y sellar conjuntamente una Paz de Versalles,
para que me dejéis vivir conforme, ¿a qué? ¿A lo que me salga de mis entrañas?
¿A lo que mi cognición me prescriba?
La gama de grises no es
capaz de guiar nuestra vida…
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