No corren tiempos buenos para
la economía. No hay más que poner la televisión, coger un periódico, abrir la
aplicación del móvil o la tablet para saber que, por muy bien viento en popa
vayan los indicadores macroeconómicos, las variables de la calle están
sufriendo sus peores días. ¿De qué le sirve a un parado conocer el saldo
positivo de una de las empresas de la bolsa de nuestro país, cuando ha de hacer
malabares para sobrevivir con un puñado de euros (si es que se los han
concedido por piedad)?
Tampoco corren tiempos buenos
para la sociedad. Los valores de libertad, igualdad y fraternidad, que hace
unos tres siglos fueron una verdadera vanguardia en algunos países occidentales,
hoy en día sólo quedan imprimidos en legajos, incapaces de convivir con las
personas que conforman la sociedad. ¿Qué quiero expresar ante la ciudadanía mi
derecho a reivindicar un puesto de trabajo justo y digno, en el que no me
explote un jefe que, día tras día, él va siendo a costa de mi trabajo, un poco
más rico gracias a mi trabajo mal remunerado? ¿Qué quiero ser atendido en un
sistema sanitario que me dé cobertura en todo aquello que precise? ¿Qué quiero
contraer matrimonio con la persona del sexo que más me atraiga? Da igual,
tienes que callarte y seguir viviendo. Y las leyes son tan bonitas, tan bien
redactadas, tan bien encuadernadas, como nuestra Carta Magna, para que luego se
apliquen en concretas ocasiones. Porque ¿acaso los ciudadanos somos iguales
ante la ley? ¿Qué es de esa persona a la que desahuciarán en unos pocos días?
¿Qué es de aquel niño que no puede ir a la escuela por no poder su familia
costearse el material que requiere para las clases?
Tampoco corren tiempos buenos
en su vida. Sus cuatro horas y media de sueño (que no de descanso) diarias se
quedan cortas para sus fuertes jornadas de mucho trabajo y poco salario. Y
llega cada noche a su casa, hastiado de pasar horas y horas frente a un trabajo
prácticamente deshumanizado, y se encierra en su habitación. Se quita la
americana, se desanuda la corbata, y se tumba en la cama, cerrando los ojos,
oyendo su respiración y moviendo los brazos, como si le buscara, como si acaso
le encontrara por suerte o casualidad, cuando sabe que, una noche más, dormirá
sólo. Su cama se le quedará grande, e intentará llenarla con los sentimientos
que podría dedicar al prójimo. Mirará su móvil, y no tendrá ni una llamada perdida,
ni un mensaje de texto interesándose por su estado anímico, por su bajo nivel
de fuerzas, deseándole lo mejor para el próximo día. Dormirá sólo y se levantará sólo. Porque
nadie, en esta sociedad, no se sabe si por la crisis de valores o por esos
indicadores económicos, quiere comprometerse con nadie. E inmerso en esa crisis
económica, en esa crisis de valores de la sociedad, en esa crisis existencial
suya, dará un sordo golpe al despertador, se dirigirá a la cocina, encenderá la
radio, y comenzará a desayunarse. Siempre sólo, siempre sólo.
una reflexión extraordinaria, aunque algo comedida. Aun así, siempre dando en el blanco!
ResponderEliminarUn beso
Cuánta razón llevan tus líneas! Vivimos en un mundo consumista en todos los sentidos posibles. Vale más la cantidad a la calidad, incluso cuando a compartir sábanas se refiere. Sólo somos meros productos en un escaparate esperando a ser comprados.
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